enero 28, 2012

Siempre es tarde

A estas alturas ya no es novedad confesar que nunca he sido bueno en asuntos del querer. Aún así, sigo sorprendiéndome cada vez que vuelvo a comprobar lo poco apto que resulto para las relaciones, y lo peor es que no me preocupa tanto como se supone que debería (según la gente que me rodea). Me vale un poco verga, pues. 

Esta semana me terminó de mandar a la chingada una persona demasiado importante para mí. Sus argumentos: mi egoísmo y mi incapacidad para demostrar nada. Y tiene razón. Me habría gustado gritarle que no se fuera, que todo iba a estar bien, pero al final los güevos hacen lo que consideran mejor, supongo. Adiós. Y es que resulta que sí quiero a la gente, pero nunca más que a mí. Tengo la soledad mal proporcionada, digamos (toda es para mí y no sé compartirla); no sé mantener a las personas conmigo, me da por pensar que cualquier gesto amable es suficiente. Y resulta que no. Y qué pena, porque no sé dar más.

Hoy vienen a mi mente los recuerdos que fueron y que no serán con ella. Me pregunto sobre el cómo habría sido la cosa si no le tuviera miedo al compromiso o si nomás se me quitara lo mamón, o si pudiera arreglar cualquiera de esas cosas que ella piensa que hago adrede. Pero ya pa' qué. Después de todo, tampoco se puede ignorar lo molesto que resulta que la gente no comprenda el esfuerzo que cuesta demostrar eso que les parece tan poquito (pero que para uno es muchísimo).

Pienso y bebo. Bebo más y luego intento pensar de nuevo, pero hasta ahora sólo viene a mi cabeza una frase que me dijeron hace tiempo: 
Tú no sabes querer. No puedes querer a nadie que no sea tú.
Entonces reí y me burlé de lo absurda que parecía esa declaración; hoy descubro que ni con alcohol puedo seguir ignorando lo mucho que disfruto haciéndome pendejo.

Para decir que no me preocupa, resulta que ya me contradije y parece que al final sí me preocupa no saber conservar a la gente. Aquí debo aclarar que no sufro, sólo intento descifrar por qué alguien pensaría que soy un culerodemierda cuando, según yo, nunca he sido malo con ella. Me intriga mucho saber cómo es posible lastimar tanto (según sus palabras) sin la intención de hacerlo. "Dios me construyó sin instructivo", concluyo nomás para dejar de estar chingando. 

Lo peor es que ya es muy tarde —siempre es tarde— para averiguar nada, seguro lo descubriré en la siguiente relación que eche a perder. O en la que sigue. O tras mi decimonoveno divorcio, qué se yo. Menos mal que hace mucho aprendí a estar solo, porque parece que la respuesta milagrosa que necesito tardará mucho en llegar.

En fin, mientras todo pasa, acaricio la idea de viajar en un barco a la deriva nomás para comprobar que de todos modos llegamos a donde queremos llegar. Aunque lo más seguro es que quién sabe.

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Sí, yo también creo que tanto whisky barato me está haciendo daño. "Pero qué le voy a hacer".

P.D.: Escribí una mitad borracho y otra mitad sobrio. Bendito exhibicionismo.

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diciembre 30, 2011

Dosmilonce.

Llevas rodando sobre tu propio eje en la cama durante lo que parece una eternidad. Una y otra vez. Has dado alrededor de milquinientasochentaycuatro vueltas y ya es justo aceptar lo que era oficial desde la veinteava: no puedes dormir. Te incorporas un poco y decides mirar un rato entre la oscuridad para buscar en ella nuevas formas que has encontrado ya un millón de veces antes por culpa de otro millón de veces sin poder dormir. Aparecen los mismos ojos, las mismas formas y las mismas preguntas. Aparecen los aromas, las voces y las canciones olvidadas. Aparece lo que muchos conocen como olvido. Aparece tu intolerancia.

Repasas cada uno de los recuerdos que te atacan y sientes, poco a poco, que algo presiona tu cerebro como si quisiera exprimirlo con la intención de provocar un colapso. No sabes si es resultado de una ansiedad generalizada o si se trata de un pisotón proveniente de aquel dios en quien no crees. Quién sabe, pero igual te persignas.

Lees, revisas todo lo que se puede revisar en internet, comes algo, tomas agua, ves televisión, escribes (o tratas)… Intentas todo, pero terminas jalándotela como si no hubiera mañana. Parece funcionar. Sientes que por fin te llega el sueño y vuelves a tu cama con aire victorioso. Te acomodas tras una segunda vuelta sobre tu propio eje, bostezas, sonríes y… de la nada, vuelve a llorar el chingado bebé de la puta de tu vecina. Quealguientemastiqueungüevoporfavor.

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Tras miles de insomnios, uno llega a la más absurda y quizá contradictoria conclusión del mundo:

Despidamos un año lleno de despedidas.

Felices tiempos de atragante con uvas sin temor a morir asfixiado por la presión a causa de los propósitos jamás cumplidos. Feliz cierre de ciclos.

P.D.: Post pesimista, pero muy contento.

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diciembre 03, 2011

Historias de Banqueta

Anoche, harto de estar rodeado de gente y con el pretexto de salir a comprar cigarros, abandoné una reunión etílica y terminé reposando la borrachera en una banqueta. No es que fuera la primera vez que lo hago, pero sí la primera después de mucho tiempo en que recuerdo haberme sentado a pensar tanto en tan poco tiempo (o al menos eso creo).

Una de las imágenes que más recuerdo fue haberme sorprendido, a modo pendejo, del cómo viven en sincronía los semáforos y sintiendo el parpadear de la luz preventiva. También me preguntaba qué sentirían de estar ahí, tan funcionales, a esas horas en que ya no pasaba ningún carro. Intenté deducir algunos diálogos entre semáforos y terminé sin entender nada: uno le contaba a otro de su irritación ocular por el smog de la ciudad mientras otro comentaba interesado sobre el daltonismo. Puro sinsentido. Me aburrí.

Sentado cómodamente en la banqueta, entre el alcohol y la aburrición, me llegó el síndrome de extrañar gente. Y es que a últimas fechas he terminado distanciado (por pleitos o de la nada) de casi todas las (muy pocas) personas que significan algo para mí o que nomás me caen bien. O caían. ¿Las razones? Terminan aburriéndome o yo termino buscando cualquier mínimo pretexto para salir con rumbo a la chingada. Esa sería la respuesta simple, aunque la real sigue siendo un problema: no sé conservar a las personas. Cuando intento conservar algo, termino exprimiéndolo para después tirarlo a la basura: he pasado desde el dejar de hablar de la nada con alguien hasta el tener que escuchar todo un manifiesto de insultos y defectos acerca de mi persona. "Qué más da, luego llegan otras", me digo. Y llegan, pero la cosa es que cada vez me parecen más aburridas comparadas con las anteriores. Bonita broma de malgusto esa de tener buena memoria.

El punto es que no me gusta extrañar personas, lo considero una cosa muy estúpida. Sin embargo, aquí viene la contradicción, pienso que la mejor manera para olvidar algo es teniendo su recuerdo cerca hasta que el tiempo lo desgaste y por fin te aburra. Debemos abrazar los recuerdos más que patearlos intentando ver si se alejan, dejar que se harten solos. Aunque aquí llega otro conflicto: creo que hay recuerdos tan geniales que se convierten en cicatrices más que en una simple mancha en el cerebro, y todo vale verga. 

Supongo que nos aferramos a ciertos recuerdos porque es la mejor manera de convertir un hecho real en algo digno de vivir en nuestra imaginación. Y hay ocasiones en que lo único real es aquello que se imagina. Al menos en mi caso.

Por eso quizá encontré tan hipnótica la sincronía de los semáforos, me parece la imagen perfecta para ilustrar el funcionamiento del inicio y fin de un ciclo. Aunque quién sabe, estaba borracho.

Tras un buen rato de estar pensando pendejadas, se me acercó un perro de la calle y me miraba como esperando que lo corriera a la chingada. No lo hice, decidí no darle importancia y terminó sentándose a unos cuantos pasos de distancia. Esperaba paciente, como si supiera que en algún momento yo terminaría por hacerle plática y pedirle que se acercara. Sin que yo dijera nada, terminó acercándose más y los dos quedamos sentados en silencio uno al lado de otro. Supuse que el perro solitario sabía identificar a los que están en su misma situación. Estuvimos así bastante tiempo (tiempo de borracho, tal vez sólo fueron un par de minutos). 

Al final, aburrido de mi patética nostalgia de borracho, abandoné la cómoda compañía y me fui como siempre: sin decir nada.

Ahora sólo espero que ese perro no pierda la esperanza de algún día ser adoptado sin que quien lo haga espere nada de él.

O quién sabe, sigo borracho.

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octubre 30, 2011

Zapping Neuronal

Te encuentras leyendo un libro en lo que consideras su parte más interesante. "Tengo ganas de orinar", piensas. Intentas aguantar un poco, pero no puedes ni leer media página más. Te paras y te diriges al baño a vaciar la vejiga. Terminas, sacudes y el sonido del agua cayendo mientras te lavas las manos te recuerda que hace dos capítulos tenías sed. Entras a la cocina y te sirves un vaso con agua; mientras lo sirves, alcanzas a ver una mandarina. No sabes qué piensas, pero la tomas y te sientas en la sala para descascarearla. El sonido del silencio te aburre y decides encender el televisor mientras terminas de devorar tu mandarina. Listo, es hora de tirar los residuos de cáscara: te diriges nuevamente a la cocina para hacerlo y descubres que olvidaste beber el vaso de agua por el que fuiste en primera instancia. Te calmas una sed que ya habías olvidado tener y recuerdas que estabas leyendo. Regresas rumbo a tu cuarto, pero antes debes hacer una pausa en la sala para apagar el televisor. Ahora no encuentras el puto control remoto. Chingao. Justo cuando aparece el control, pasa algo en la televisión que captura tu atención. Te sientas un rato mientras terminas de ver eso que te interesó.

Sin darte cuenta, ya perdiste una hora haciendo zapping frente al televisor.

"Ahcabrón, yo estaba leyendo", reaccionas. Entonces por fin apagas el televisor y te diriges a tu cuarto. Tomas tu libro, te pones cómodo y lo abres, con todo el interés del mundo, en la página donde habías puesto pausa para ir a orinar para después tomar agua para después devorar una mandarina para terminar viendo televisión... "Ay, ya me perdí", piensas, y te regresas un par de páginas para recordar y retomar el ritmo de lectura.

Avanzas un par de líneas y suena tu celular. Es un mensaje de la Esaquequiénsabeperotegusta. Que vio una película y se acordó de ti por nosécuál personaje, dice. Sueltas el libro y buscas en tu computadora el título de la película "para que se vaya descargando mientras sigues leyendo", te mientes.

Sin saber cómo, ya estás leyendo sobre la energía oscura y tienes otras diez pestañas de wikipedia (con temas muy diferentes pero que de alguna manera extraña terminaron conectados) abiertas en el navegador. "Pinches físicos locos", maldices. Mira, ya terminó de descargarse tu película. Le picas al play.

¿Y el libro? Ya ni pedo, luego te regresas un capítulo entero para recordar y retomar el ritmo de lectura.

¿Distraído? Para nada. Nomás vives atento a todo.

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septiembre 26, 2011

Ubicuidad

Me cuesta entender el origen del milagro y encontrar sus puntos débiles para no perder mi capacidad como ser incrédulo. Las preguntas falsas y las respuestas absurdas ya no me son suficientes. 

Voltear hacia arriba con la intención de mirar el cielo se ha convertido en una labor terrorífica; la luna roja y el cielo azulmorado se han encargado de hacerme sentir que este mundo está preparándose para ser destruído en cualquier momento. Caminar por un campo lleno de flores y árboles con tonalidades tan distintas es asombroso, pareciera que aquí se inventaron todos los colores. Es también impresionante ver cómo las estrellas caen a lo lejos dejando un rastro extremadamente luminoso, al mismo tiempo que uno es capaz de escuchar los estruendosos ruidos que sueltan durante su camino al vacío (y que no son tan diferentes a los chillidos de un marrano siendo sacrificado). La consistencia del aire es espesa, casi podría decir que siento cómo se convierte en agua tan pronto llega a mis pulmones. No he bebido agua, el miedo me lo impide, pero los ríos aquí son tan caudalosos que parecen cantar como tributo a la muerte. ¿Y el Sol? Ese hace mucho que agoniza como si tuviera el peor de los dolores, ya no es más que una círculo negro en posición de atardecer eterno. 

Andar a solas dentro de un mundo tan raro hace que uno pierda cualquier posible capacidad de conciencia. Aquí los reflejos aparecen por todos lados, es como vivir dentro de un caleidoscopio: no es raro ver nacer a lo lejos alguien que actúa de la misma manera que tú, y luego a otro alguien, y a otro… y todo va duplicándose hasta crear una ramificación de terminaciones infinitas provocada por movimientos propios. ¿Quién fue primero?, me gustaría saber. 

El miedo más grande llega tras haber admirado la belleza del lugar por un largo rato y después ver cómo, de la nada, tu sombra se torna tridimensional con la única intención de preguntarte: "¿Quién eres?". Justo ahí es donde sientes que se te derrite el hipotálamo y que la única razón por la cual fuiste enviado a este mundo —tan lleno de contrastes y de imágenes hermosas pero terribles— es provocar que te explote el cerebro. 

Es momento de abrir los ojos y vivir con miedo de volver a cerrarlos. 

Y también de aprender a ignorar que quizá estás viviendo en dos mundos al mismo tiempo.


B.

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