Archive for 2011

Historias de Banqueta

Anoche, harto de estar rodeado de gente y con el pretexto de salir a comprar cigarros, abandoné una reunión etílica y terminé reposando la borrachera en una banqueta. No es que fuera la primera vez que lo hago, pero sí la primera después de mucho tiempo en que recuerdo haberme sentado a pensar tanto en tan poco tiempo (o al menos eso creo).

Una de las imágenes que más recuerdo fue haberme sorprendido, a modo pendejo, del cómo viven en sincronía los semáforos y sintiendo el parpadear de la luz preventiva. También me preguntaba qué sentirían de estar ahí, tan funcionales, a esas horas en que ya no pasaba ningún carro. Intenté deducir algunos diálogos entre semáforos y terminé sin entender nada: uno le contaba a otro de su irritación ocular por el smog de la ciudad mientras otro comentaba interesado sobre el daltonismo. Puro sinsentido. Me aburrí.

Sentado cómodamente en la banqueta, entre el alcohol y la aburrición, me llegó el síndrome de extrañar gente. Y es que a últimas fechas he terminado distanciado (por pleitos o de la nada) de casi todas las (muy pocas) personas que significan algo para mí o que nomás me caen bien. O caían. ¿Las razones? Terminan aburriéndome o yo termino buscando cualquier mínimo pretexto para salir con rumbo a la chingada. Esa sería la respuesta simple, aunque la real sigue siendo un problema: no sé conservar a las personas. Cuando intento conservar algo, termino exprimiéndolo para después tirarlo a la basura: he pasado desde el dejar de hablar de la nada con alguien hasta el tener que escuchar todo un manifiesto de insultos y defectos acerca de mi persona. "Qué más da, luego llegan otras", me digo. Y llegan, pero la cosa es que cada vez me parecen más aburridas comparadas con las anteriores. Bonita broma de malgusto esa de tener buena memoria.

El punto es que no me gusta extrañar personas, lo considero una cosa muy estúpida. Sin embargo, aquí viene la contradicción, pienso que la mejor manera para olvidar algo es teniendo su recuerdo cerca hasta que el tiempo lo desgaste y por fin te aburra. Debemos abrazar los recuerdos más que patearlos intentando ver si se alejan, dejar que se harten solos. Aunque aquí llega otro conflicto: creo que hay recuerdos tan geniales que se convierten en cicatrices más que en una simple mancha en el cerebro, y todo vale verga. 

Supongo que nos aferramos a ciertos recuerdos porque es la mejor manera de convertir un hecho real en algo digno de vivir en nuestra imaginación. Y hay ocasiones en que lo único real es aquello que se imagina. Al menos en mi caso.

Por eso quizá encontré tan hipnótica la sincronía de los semáforos, me parece la imagen perfecta para ilustrar el funcionamiento del inicio y fin de un ciclo. Aunque quién sabe, estaba borracho.

Tras un buen rato de estar pensando pendejadas, se me acercó un perro de la calle y me miraba como esperando que lo corriera a la chingada. No lo hice, decidí no darle importancia y terminó sentándose a unos cuantos pasos de distancia. Esperaba paciente, como si supiera que en algún momento yo terminaría por hacerle plática y pedirle que se acercara. Sin que yo dijera nada, terminó acercándose más y los dos quedamos sentados en silencio uno al lado de otro. Supuse que el perro solitario sabía identificar a los que están en su misma situación. Estuvimos así bastante tiempo (tiempo de borracho, tal vez sólo fueron un par de minutos). 

Al final, aburrido de mi patética nostalgia de borracho, abandoné la cómoda compañía y me fui como siempre: sin decir nada.

Ahora sólo espero que ese perro no pierda la esperanza de algún día ser adoptado sin que quien lo haga espere nada de él.

O quién sabe, sigo borracho.

Zapping Neuronal

Te encuentras leyendo un libro en lo que consideras su parte más interesante. "Tengo ganas de orinar", piensas. Intentas aguantar un poco, pero no puedes ni leer media página más. Te paras y te diriges al baño a vaciar la vejiga. Terminas, sacudes y el sonido del agua cayendo mientras te lavas las manos te recuerda que hace dos capítulos tenías sed. Entras a la cocina y te sirves un vaso con agua; mientras lo sirves, alcanzas a ver una mandarina. No sabes qué piensas, pero la tomas y te sientas en la sala para descascarearla. El sonido del silencio te aburre y decides encender el televisor mientras terminas de devorar tu mandarina. Listo, es hora de tirar los residuos de cáscara: te diriges nuevamente a la cocina para hacerlo y descubres que olvidaste beber el vaso de agua por el que fuiste en primera instancia. Te calmas una sed que ya habías olvidado tener y recuerdas que estabas leyendo. Regresas rumbo a tu cuarto, pero antes debes hacer una pausa en la sala para apagar el televisor. Ahora no encuentras el puto control remoto. Chingao. Justo cuando aparece el control, pasa algo en la televisión que captura tu atención. Te sientas un rato mientras terminas de ver eso que te interesó.

Sin darte cuenta, ya perdiste una hora haciendo zapping frente al televisor.

"Ahcabrón, yo estaba leyendo", reaccionas. Entonces por fin apagas el televisor y te diriges a tu cuarto. Tomas tu libro, te pones cómodo y lo abres, con todo el interés del mundo, en la página donde habías puesto pausa para ir a orinar para después tomar agua para después devorar una mandarina para terminar viendo televisión... "Ay, ya me perdí", piensas, y te regresas un par de páginas para recordar y retomar el ritmo de lectura.

Avanzas un par de líneas y suena tu celular. Es un mensaje de la Esaquequiénsabeperotegusta. Que vio una película y se acordó de ti por nosécuál personaje, dice. Sueltas el libro y buscas en tu computadora el título de la película "para que se vaya descargando mientras sigues leyendo", te mientes.

Sin saber cómo, ya estás leyendo sobre la energía oscura y tienes otras diez pestañas de wikipedia (con temas muy diferentes pero que de alguna manera extraña terminaron conectados) abiertas en el navegador. "Pinches físicos locos", maldices. Mira, ya terminó de descargarse tu película. Le picas al play.

¿Y el libro? Ya ni pedo, luego te regresas un capítulo entero para recordar y retomar el ritmo de lectura.

¿Distraído? Para nada. Nomás vives atento a todo.

Ubicuidad

Me cuesta entender el origen del milagro y encontrar sus puntos débiles para no perder mi capacidad como ser incrédulo. Las preguntas falsas y las respuestas absurdas ya no me son suficientes. 

Voltear hacia arriba con la intención de mirar el cielo se ha convertido en una labor terrorífica; la luna roja y el cielo azulmorado se han encargado de hacerme sentir que este mundo está preparándose para ser destruído en cualquier momento. Caminar por un campo lleno de flores y árboles con tonalidades tan distintas es asombroso, pareciera que aquí se inventaron todos los colores. Es también impresionante ver cómo las estrellas caen a lo lejos dejando un rastro extremadamente luminoso, al mismo tiempo que uno es capaz de escuchar los estruendosos ruidos que sueltan durante su camino al vacío (y que no son tan diferentes a los chillidos de un marrano siendo sacrificado). La consistencia del aire es espesa, casi podría decir que siento cómo se convierte en agua tan pronto llega a mis pulmones. No he bebido agua, el miedo me lo impide, pero los ríos aquí son tan caudalosos que parecen cantar como tributo a la muerte. ¿Y el Sol? Ese hace mucho que agoniza como si tuviera el peor de los dolores, ya no es más que una círculo negro en posición de atardecer eterno. 

Andar a solas dentro de un mundo tan raro hace que uno pierda cualquier posible capacidad de conciencia. Aquí los reflejos aparecen por todos lados, es como vivir dentro de un caleidoscopio: no es raro ver nacer a lo lejos alguien que actúa de la misma manera que tú, y luego a otro alguien, y a otro… y todo va duplicándose hasta crear una ramificación de terminaciones infinitas provocada por movimientos propios. ¿Quién fue primero?, me gustaría saber. 

El miedo más grande llega tras haber admirado la belleza del lugar por un largo rato y después ver cómo, de la nada, tu sombra se torna tridimensional con la única intención de preguntarte: "¿Quién eres?". Justo ahí es donde sientes que se te derrite el hipotálamo y que la única razón por la cual fuiste enviado a este mundo —tan lleno de contrastes y de imágenes hermosas pero terribles— es provocar que te explote el cerebro. 

Es momento de abrir los ojos y vivir con miedo de volver a cerrarlos. 

Y también de aprender a ignorar que quizá estás viviendo en dos mundos al mismo tiempo.


B.

Futurismo Retrospectivo

I.

(Leer de abajo-arriba.)

A pesar de que las creencias futuristas no son lo mío, hoy me pregunté qué pasará cuando los super-robots se vuelvan realidad. Si son capaces de pensar, en algún punto comenzarán a realizarse preguntas, supongo. Y recibirán respuestas absurdas con tal de que dejen de cuestionarse la existencia y no terminemos sufriendo algún tipo de rebelión por su parte. Y entonces la curiosidad los hará explorar (a escondidas). Y el explorar los hará descubrir (y si no descubren, se lo van a inventar). Y con el descubrimiento se les va a ocurrir sentir. Y con el sentir conocerán el placer. Y una vez que conozcan el placer nos terminarán mandando al carajo para lidiar con sus propios asuntos. ¿Cuáles?, no sé. Me imagino que las robotas se quejarán de que ya nadie les da servicio y los robotos conocerán la adicción al anticongelante (o cualquiera que sea la sustancia especial del momento). Y entonces, después de mucho, al igual que los humanos, comenzarán a soñar con algo mejor, se inventarán un dios y conocerán los estereotipos y desearán trascender y etcéteras. Pero lo más seguro es que quién sabe.

II.

Nunca he sido bueno imaginándome el futuro ni la capacidad tecnológica que la humanidad alcanzará con el paso de los años. Si me preguntan por el futuro, vienen a mi mente imágenes de películas tipo Blade Runner, Star Wars, 2001, Terminator y demás clichés. (Aclaro, que sus escenas sean lo primero que invade mi cabeza no significa que esté completamente de acuerdo con ellas). Aún así, no me detengo mucho a pensar si algún día los robots serán capaces de imitar al humano en gran cantidad de funciones (tanto en cuerpo como en pensamiento) o si existirán coches voladores y viajes interestelares; sin embargo, dentro de mi poca concepción futurista, me imagino el mundo del mañana un poco más como se pinta en Children Of Men: sin un robot para cada cosa ni coches voladores, caótico y con una sociedad al borde de la extinción.

Pasa que creo que tanta tecnología nos está volviendo zombies y que internet llegó para conectarnos desconectándonos. Y no lo digo con tintes de abuelo sino de manera jipicursi. Ya a nadie le resulta raro ignorar su entorno por estar pegado a una pantalla; la tecnología dejó de ser un asunto de ñoños y hoy asumimos que alguien consultando una pantalla seguramente está viendo algo divertido/interesante.

"Estamos atrapados en un tramo de la historia humana en que la sobrevaloración del instante nos tiene pegados a nuestras pantallas o pantallitas en espera de novedades por segundo. Refresh, refresh, refresh...", dice el NEB (aquí). Me parece que tiene razón, ya nos acostumbramos a percibir todo mediante nuestras pantallas. Conocer cosas así es más fácil, tal vez, pero no creo que más cómodo (ayer en la noche, por ejemplo, me enviaron una foto de la isla que le regalaron a Björk y sentí muchas ganas de levantarme para ir a robársela —aunque quizá sin internet no me habría enterado de su existencia—). Y tampoco diré que no hago lo que critico, más de una vez me he visto atrapado en reuniones donde la actividad predominante es ver vídeos en YouTube y donde resulta normal conversar intercambiando tuits con personas sentadas a tu alrededor. Es divertido, sí, pero no debería ser normal. Tampoco estoy diciendo que vivir conectados sea malo, sólo digo que nos estamos volviendo seres alienados socialmente aceptados ("Hola, tengo twitter, blog y facebook; me entretengo mucho en internet… y me acabo de morder la lengua"). O no sé. Pero sí.

Con todo y mis pensamientos jipis —y que parezco temerle a la tecnología—, no puedo evitar emocionarme cuando leo que ya inventaron un robot capaz de talocualcosaimpresionante. O que ya están desarrollando un simulador del cerebro humano. O que tarde o temprano llegarán los implantes de memoria. Y ni hablar de la singularidad tecnológica. Supongo que es nuestro deber ("como humanos") ser más complejos cada vez, la evolución lo ordena. Dicho sin tono triste, me parece que el pensar es avanzar y estar inconformes todo el tiempo. (Oh, abuelo).

No sé, quizá mi inhabilidad para visualizar el futuro tenga que ver con que nunca he sido bueno teniendo expectativas. Ni de la gente ni de nadie, ni siquiera de mí. Sé lo que quiero, sí, pero no tengo idea de cómo será mi entorno cuando lo obtenga. Sé que me gustaría llegar a viejo, por ejemplo, pero no me imagino bajo qué condiciones (viviendo en el campo; trabajando; siendo como Hugh Hefner... sepalachingada). Por esta misma razón soy tan insoportable cuando alguien me dice que tiene una sorpresa para mí: me pongo a pensar mucho en lo que podría ser y al final resulta algo totalmente opuesto a lo que mi mente concibió. Por eso también la desilusión me resulta más grave que cualquier otro sentimiento.

"¿Cómo te imaginas que vas a morir?", me han preguntado más de una vez. "Feliz", contesto. Quizá esta sea la única expectativa que tengo a futuro: una muerte feliz. Y es que las expectativas no me gustan. Mejor dicho, me dan miedo. Creo que esperar algo es una manera de alentar el tiempo y disminuir el disfrute. ¿Y para qué? Mejor que pase lo que tenga que pasar, chinguesumadre. (Esto último apenas lo estoy aprendiendo bien).

III.

Toda tecnología terminará desapareciendo para dar paso siempre a algo más avanzado. Pero no sé, si de predicciones se trata, mi cavernícola interno me hace pensar que algún día llegaremos a un punto de no innovación y toda la tecnología desaparecerá para entonces volver a descubrir el fuego.

Vamos atesorando encendededores, les digo. El futuro va de reversa.

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"I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion.
I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhauser gate.
All those moments will be lost in time... like tears in rain... Time to die."
Roy Batty.

Souvenirs

Hoy, caminando sin saber adónde, me encontré una foto partida a la mitad. Y sí, las dos partes estaban no muy lejos una de otra. Las junté. Cumpliendo con el cliché, era la clásica fotografía de una pareja abrazada y sonriente con una gran rueda de la fortuna a sus espaldas. Ambos lucían realmente alegres y reflejaban esa emoción que parece única en todas las parejas durante sus primeras citas o cuando están celebrando algo. Tiré la foto.

Ahora pienso en quién de los dos habrá roto esa foto y cuánto tiempo habrá pasado desde que se tomó hasta que sus pleitos terminaron por destruir las ganas de mantener el recuerdo. ¿Él? ¿Ella? ¿Por qué? Quizá se leyeron mutuamente los mensajes del otro en el celular. Tal vez sólo fue un pleito de celos temporal por culpa de algún comentario indiscreto en cualquiera de sus muros del facebook o alguna situación similar. Tampoco descarto la posibilidad de que uno fuera incapaz de lidiar con la personalidad, vicios o costumbres del otro. ¿Y si alguno de los dos murió? ¿Qué tal si la foto es de algún acosador? Qué cosas. Igual y sólo terminaron mandándose a la verga amablemente por diferencias irreconciliables. ¿Y luego? (Cuando uno de los dos quiera recordar ese momento, ¿podrá?) Quiénsabe.

Más allá de quién haya roto la foto y por qué, siempre me han parecido emocionantes esos momentos en los que alguien decide mandar a la verga los souvenirs que le sobraron. Sí, todas las relaciones terminan, pero supongo que al final todos nos quedamos con algo de la otra persona. Libros, películas, canciones, frases o lo que sea (hasta todo junto) forman parte de ese repertorio; sin embargo, creo que no existe souvenir más peligroso que una fotografía. Por eso no me gusta ser retratado bajo ninguna circunstancia: sé que en algún momento esas fotos me recordarán una sonrisa/sentimiento/situación que no quiero repetir, momentos que quiero que mueran olvidados siendo únicos. (Desconfío de las sonrisas en cualquier fotografía, por ejemplo). Nunca he sentido la necesidad de fotografiarme junto a las personas que quiero para que otras personas vean lo mucho que nos queremos, me parece absurdo (aunque lo entiendo un poco). Siempre me he sentido mejor detrás del cuadro.

Podría parecer amargado, y lo soy. Pero no. Sé que todo se acaba y prefiero recordarlo sin ayuda. Y los souvenirs no los tiro, al contrario, guardo siempre su respectiva foto en mi memoria. (Que después esas fotos las archive en rutas desconocidas es otro pedo).

Por otra parte, hoy también me encontré frente a una pareja felizperopreocupada solicitando a la encargada una prueba de embarazo. Mientras eran atendidos, se la pasaban propagando su amor (y su mal gusto) a la beso-y-beso.

Vida, gracias por la ironía y los mensajes cruzados.

La sonrisa de muy pocos

Hay anécdotas muy tristes que comienzan como si fueran chistes y desde ahí se jode todo. La intención es hacer que no parezca nada grave, dar a entender que todo está bien, supongo. Pero no lo está, y ahí el gran problema: es imposible entender la magnitud de algo serio cuando quien cuenta la historia intenta suavizarla desde el principio. No se puede opinar correctamente (de lo que sea) sin tener un panorama real de lo acontecido, quiero decir. (Aunque eso tampoco nos impide hacerlo). Como sea, no creo que sea posible plasmar o explicar por completo el dolor emocional. Es más, dudo que el protagonista siquiera logre comprender su propio sentir. De ahí la gran demanda de drogas, terapeutas, deidades y creencias tan carentes de razón. De ahí las ganas de la gente por compartir su tristeza y sus fracasos, y también el exceso de alegría al momento de presumir un logro. De ahí mis absurdas suposiciones, como esto. De ahí que la gente se ofenda cuando intentamos minimizar sus problemas. De ahí que todo me importe nada.

Tal vez lo que digo sea un poco subjetivo, ya que muchas veces ataca la exageración y uno sufre por cosas sin sentido. Y por muchas veces me refiero a siempre. Casi. No sé, pero sí creo que cuando algo afecta demasiado a alguien es difícil que lo cuente por ahí como si nada pasara. La vulnerabilidad no es motivo de orgullo, es demasiado molesta —y modesta— para serlo. Pero igual, ¿por qué no habría de ser así?

Hablo sobre esto porque a últimas fechas me he visto atrapado en situaciones así: quien sufre no lo sabe contar y se enoja cuando recibe una respuesta fácil. O peor, se enoja más cuando no se le dice nada:

—No sé ni para qué te cuento si no me vas a decir nada —dijo.
—Yo menos, ni siquiera te pregunté nada —contesté.

Y así nació, otra vez, una invitación a la chingada. Me hubiera gustado decirle algo, pero de verdad nunca tuve intenciones de entender lo que le pasaba.

Más de una vez he visto gente llorar por la muerte de algún personaje cercano a su vida o por alguna gran pérdida (desde ilusiones hasta lo material), y de igual manera he visto a otros (incluyéndome) fracasar intentado consolar al que está en sufrimiento. Por eso me cae mal la gente que sufre por tonterías y no me soporto cuando me encuentro en situaciones así. Tal vez por eso confío tanto en la opción múltiple y creo religiosa e infinitamente en el humor involuntario. Por eso quizá para mí todo es una tontería.

Hoy todo es un tal vez, pero también pienso que la palabra "ayuda" debe ser la más difícil del vocabulario. Tengo la teoría de que es la última palabra que nuestros padres intentan enseñarnos. O lo que primero quieren que olvidemos.

"Insensible", me han dicho muchas veces. No me importa:
Sé que doy mucho por la sonrisa de muy pocos. Y eso me da gusto.

P.D.: También me declaro exagerado de clóset.

Opción múltiple

A veces intento detenerme a pensar y observarme desde afuera para ver si así entiendo por qué hago lo que hago, y cómo lo hago. Nunca funciona. Busco cuestionar cada una de las cosas que realizo, pero termino dándome la razón y estando de acuerdo.

Y es que ahora pienso que cualquier decisión es una pregunta de opción múltiple en la cual todas las posibles respuestas son correctas según lo que se decida en la siguiente y en la que sigue y así sucesivamente. Sin embargo, disfruto creyendo que hay un poco de azar detrás de tanto pensamiento para dar una respuesta, algo que se encarga de hacer que las piezas encajen aunque no tengamos ni idea de lo que estamos haciendo. Llámese Dios, destino, suerte o sus etcéteras, misteriosamente, las cosas terminan acomodándose. Es como si por instantes las piezas de tetris cobraran vida y escogieran, aunque no encajen de inmediato, el lugar que saben nos traerá mejores resultados. No todas, sólo unas cuantas.

No trato de argumentar a favor de la fe ni de la suerte, pero me ha pasado que a veces me torturo pensando que he tomado una muy mala decisión y resulta que sin esa decisión tan maldecida no habría pasado la cosa genial que vino después de haberla tomado.

Tampoco se trata de un "todas las cosas pasan por algo" dicho por algún optimista en pleno funeral o después de alguna tragedia, sólo estoy diciendo que hakuna matata. Lo digo porque también hay algo que me hizo preguntar infinitamente: "¿Por qué a mí?".

Hoy sigo sin saber por qué a mí, pero he aprendido a obtener más provecho y menos quejas de eso.

Lo que quiero decir es:
El pasado importa, según las instrucciones, pero importa poco. Y el futuro no se va con cualquiera. Sabias putas.

No sé, supongo que confío demasiado en mi instinto* y al final resulta que no es tan pendejo. No es pendejo pero sí borracho, qué bonito loop.

*Instinto, así le llamo yo al Dios, destino, suerte o sus etcéteras de cada quien. Lo acabo de descubrir.

Leer en blanco

Hoy pasó algo muy raro.

Hace una semana la profesora dejó de tarea escribir un cuento: "Háganlo como quieran; imaginen que es el cuento que les gustaría escuchar o leer todas las noches antes de dormir", dijo. Después mencionó que valdría un punto extra en el examen de español y un punto menos en caso de no hacerlo. ¿Qué no el extra es siempre una opción? No entiendo. Pero bueno, esta vez me emocionó la idea. "Me será suficiente con escribir mi sueño favorito de aquí a la semana siguiente", pensé. 

Mi plan habría sido perfecto de no ser por un pequeño detalle: toda esa semana tuve pesadillas. Por si fuera poco, no me gusta hacer tarea, por eso siempre la olvido. Cuando en mi casa preguntan si ya la hice, para que me dejen jugar, contesto que sí y enseño algún trabajo hecho en clase; al día siguiente consigo que alguien me la pase o la hago por las mañanas (siempre llego muy temprano, cuando el salón aún está vacío).

En fin, llegó el día que había que entregar el cuento y yo no recordaba nada acerca de él. Con tantas pesadillas, lo olvidé por completo. Pero no todo estaba perdido: "Hoy van a pasar al frente uno por uno a leer sus cuentos", dijo la profesora. Fiuf, mi nombre aparece casi a la mitad de la lista, me daba tiempo de escribir el tonto cuento sin problemas. 

Ahí estaba yo, listo para empezar a escribir el cuento más rápido de la historia que se haya escrito jamás: preparo mi hoja en blanco, mi lápiz favorito, mi goma, mi sacapuntas. Todo en orden. Escribo la fecha de un día anterior en la hoja, me detengo un poco a pensar en el título y… Chin, la profesora me llama al frente. "No digas que no la hiciste, no digas que no la hiciste…", pienso. Así que paso al frente del salón sin dudar, con mi hoja en blanco (con fecha de un día anterior).

Intento recordar algún sueño que me haya gustado, pero los nervios me lo impiden. Finalmente se me ocurre juntar pedazos de dudas que antes había tenido y cuyas respuestas me había inventado por no entender lo real. Era algo. Comienzo a contar mi cuento sin tener idea de lo que hago. No sé por qué, pero recuerdo lo chistoso que caminan los pingüinos, así que decido contar la historia de un pingüino de quien todos se burlaban porque tenía muchas ganas de volar. Me emociono. Sigo atento a cada uno de los detalles: el color y sabor de la nieve, la temperatura del agua, los tipos de platillos que existen en el Polo Sur, el cuerpo de los pingüinos, etcétera. Inclusive imito la forma de caminar para dar un mayor realismo a mis inventos. Me convierto en el pingüino. Termino mi cuento explicando cómo al final el pingüino consigue volar pintando un cielo con muchas nubes en el fondo de mar. 

El cuento me salió milagrosamente. Hablaba y narraba todo mirando mi hoja en blanco (con fecha de un día anterior), como si la estuviera leyendo. Al final, mis compañeros del salón aplaudieron. Yo estaba contento por haber logrado lo que hice (una tarea más sin haber sacrificado una tarde de juegos), hasta que la profesora me pidió mi hoja para anotarme la calificación y el punto extra. Oh-oh.

Al ver la hoja en blanco, mi profesora enfureció y me preguntó por qué me había burlado así de ella. Estaba muy molesta, como si yo le hubiera hecho la peor de las groserías. Tachó la hoja con su horrible marcador rojo y me dijo que estaba reprobado. Después me llevó a la dirección y llamó a mi madre.

Estaba muy nervioso en la sala de espera, mamá llegó molesta y atareada, como de costumbre: "Hablaremos en cuanto salga", me dijo amenazante. Me preocupaba que la profesora le contara algo más a lo que realmente pasó, de verdad que estaba muy enojada: "Odio las mentiras y los engaños", dijo varias veces mientras me llevaba con rapidez a la dirección. Yo no entendía por qué se enojaba tanto, no sabía qué decirle.

En esos momentos pensé en los posibles castigos que podría recibir. Casi podía ver la tortura a la que iba a ser sometido, obligado a hacer las tareas todos los días con un guardia a mis espaldas y su látigo; todo frente a una vela en el sótano de mi casa. Peor: vi cómo incendiaban mis juguetes. Fue muy feo.

Se abrió la puerta de la dirección y escuché a mamá decirle al director y a la profesora que no se preocuparan, que hablaría conmigo para corregir la situación. Me congelé como pingüino. Mamá me tomó de la mano y caminamos en silencio hasta la salida de la escuela. Durante el camino silencioso seguía yo sin entender nada: nunca pensé que no hacer la tarea fuera un delito tan grave. Volvían a mi mente los posibles castigos y la imagen de mis juguetes incendiándose. Quería gritar. Pero cómo, si ni sabía por qué.

Una vez afuera de la escuela, mamá se detuvo, me miró a los ojos y, sonriendo, me pidió que por favor le enseñara a leer hojas en blanco. Fiuf, me descongelé.

Después de eso, me pareció entenderlo todo: supongo que la profesora se enojó porque le recordé lo que es no poder leer hacia adentro, hacia su imaginación. Ser bueno inventando cosas sí es un delito para esas personas.

Sea como sea, nunca me olvidaré de cómo leer hojas en blanco.

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Totó

Lo obvio no existe

Pareciera que cuando aprendes a caminar sonriente por la vida con un ojo morado, sin un diente y con los puños cerrados, por fin has terminado de comprender que tu vida no es un cliché y que nunca serás fuente de inspiración para ningún tipo de historia con final feliz. Uno se acostumbra a vivir con la sensación de vértigo interminable, dicen. Mienten, digo. Idiotas, todos, incluyéndome.

Hace unos días tuve la fortuna de ver pasar a un payaso muy triste y decepcionado. Parecía estar arrepentido de no haber elegido otra profesión. "¿Qué pasó?", le preguntaron. "Se me hizo tarde y ya no quisieron el show", contestó temeroso de la burla que podría recibir. Y la recibió; sin embargo, se le presentó la posibilidad de venderle a otros el espectáculo que le acababan de rechazar. Después de eliminar al intermediario ("su jefa", decía él; una mujer encargada de manejar una agencia de payasos) y reducir considerablemente el costo por sus servicios (casi a la mitad), el show comenzó. Vaya mierda de espectáculo, debo decir. Y no lo digo solamente por la simpleza de su rutina (llena de chistes viejos y de uno que otro globo que fingía tener forma de algo más), sino porque también noté que los aplausos le hacían sentir incómodo (creo que fui el único que se dio cuenta, ya que entre el público había niños que disfrutaban de sus chistes bobos).

Al final agradeció a un público que parecía haber quedado satisfecho y se despidió con una sonrisa falsa. Hecho lo anterior, emprendió nuevamente su camino completamente cabizbajo y triste. Me atrevería a decir que inclusive más triste que cuando llegó. Quién sabe.

Y es que una vez que huyó y terminó de fingir que le interesaba conseguir risas ajenas, me quedó un poco claro el porqué estaba tan triste momentos antes:
Quizá se dio cuenta de que su incapacidad para sonreír ya le pudrió el placer que otorga el conseguir la risa ajena.

Qué triste debe ser que la infelicidad te borre una sonrisa tan exagerada y bellamente pintada. Y si no es así, pues qué pedo conmigo, pero igual con esa conclusión me quedo.

A pesar de todo, me da gusto haberlo conocido y haber presenciado su asquerosa rutina, ya que me ayudó a comprobar que el vértigo jamás será cómodo (aunque yo, muy imbécil, ya comenzaba a dudarlo) y que la náusea existencial también es contagiosa. Guácala, digamos para sonar elegantes.

"Tal vez nunca sea posible saber si alguna historia tendrá final feliz, pero sí es posible evitar caer en la trampa de la tragicomedia", me explicaron en un sueño. Esto último apenas me quedó claro tras varios días de insomnio, varios ojos morados que de nada sirvieron y un pinche payaso que sirvió como reflejo de un futuro que nadie debería tener.

Un aplauso a la obviedad que decidimos ignorar de vez en cuando. Y al descubrirnos más pendejos que nunca, sobre todo.
Laifisgud.

Reorganización

Los rituales y costumbres fueron inventados por el hombre como terapia contra los impulsos. Y qué imbéciles, la verdad; matar la espontaneidad e intentar domar cavernícolas ha sido una muy mala decisión. A esa estúpida terapia le debemos la interacción social a cambio de sexo (y de cualquier cosa menos importante que la mencionada). A esa estúpida terapia le debemos las miradas extrañas cuando uno se atreve a caminar en dirección opuesta a la del resto. De ahí que nadie entienda (ni agradezca) el nivel de rebeldía que manejan las putas (sea por la razón que sea). De ahí que duelan los nudillos cada vez que soltamos un golpe. De ahí que nazca el odio cuando uno ríe mientras los demás lloran. Culpo al civismo de causar frustración y de ser un asesino silencioso.

No se trata de crear una sociedad anárquica y caótica, se trata de que entiendan lo que quiero decir.

Retando al cielo

Y estar de nuevo juntos, frente a una escena de vaqueros matando decenas de indios. Porque sí. Porque pueden, porque podemos. Juntos, esperando —o retando al cielo, mejor dicho— por la intervención de un Dios que insiste en burlarse de nuestra fe. Tan incapaz de solucionar un simple problema como de existir. Juntos, aferrándonos a creer que aparecerá porque se cansará de soportar tanto reclamo. O por lo menos para limpiar su reputación (aunque eso quizá no le interese). Tal vez bastaría ponernos en sus zapatos durante cinco minutos para entenderlo. El problema es que anda descalzo.

De la fe ya se ha dicho mucho. Esos, los ateos, siempre sintiéndose tan superiores intelectualmente del resto, siempre reduciendo las intenciones por creer de los demás. Intercambiando cualquier creencia o suceso por tontas explicaciones científicas. Todo siempre con un "¿Sabías que…?" o alguna de sus variantes. Qué pereza ser tan incrédulo, qué tristeza perder la capacidad de asombro.

Ah, la ciencia: siempre tan defendida, tan admirada y consentida. Acostumbrada a tener la razón bajo cualquier circunstancia. O a inventársela. Los científicosteóricos, tan empeñados en conservar su papel todo el tiempo, con sus accesorios impecables de costumbre: lentes, barba, arrogancia. Insistiendo en que todo tiene explicación. Claro, ser pensador no es fácil. Y no precisamente porque se necesite —redundando— pensar o utilizar el cerebro, sino porque uno se tiene que programar para descalificar todo y encontrarle profundidad a las cosas más absurdas. A extraer y abstraer hasta el más mínimo conocimiento de todo. Pensándolo bien, no es tan difícil, la clave está en cuestionarlo todo: ¿Y qué tan difícil es encontrarle un pero a todo? Hasta mágico resulta. Mágico y triste.

Lo sorprendente —y más irónico— de la sabiduría es que tanto pensador haya fracasado en sus intentos por explicar o plasmar los sentimientos. Sí, el amor, la tristeza, la excitación y etcéteras tienen su explicación científica: que si los receptores de noséqué, que si la oxitocina, la adrenalina, la serotonina, las endorfinas y demás —inas. (Ay, recordé a Cristina). Pero no es suficiente. Y me da gusto; todo pretende servir y explicar, pero no lo hace. Y aquí entran las artes: sí, son bellas, pero, afortunadamente, tampoco son suficientes. No sé en qué momento se me ocurrió unir a los artistas con los científicos… Sin embargo, las similitudes entre ambas profesiones no pueden ser ignoradas. Verán, por ejemplo, a veces me pregunto si el talento realmente existe o si ya es mero resultado de la prueba y error. Así, como con los científicos y sus experimentos. 

Ahchingá', ¿ven? Ya estoy cuestionando algo que no debo: Pensante Imbécil.

En fin, mi punto es que han fracasado. Todos: desde artistas hasta grandes investigadores. Pobres (los del segundo grupo), con sus ganas de sentirse superiores y sin darse cuenta de que nunca podrán terminar de explicar nada. Y todo por su soberbia e incredulidad: para explicar hay que creer, aunque lo nieguen. Pero bueno, también tiene sus cosas buenas: sin ego, las grandes obras ni la evolución existirían.

Me contradigo y no; critico los extremos, quiero decir.

Sin duda ya me he desviado mucho del tema inicial: la fe hacia Dios. Tal vez muchos hemos decidido creer en él para demostrarnos que somos capaces de confiar en lo que nos decimos, capaces de argumentar a favor de algo que no existe: nuestra eternidad. O tal vez sólo estoy hablando por mí, pero me protejo en el plural. Y qué mal.

Sea como sea, mi parte favorita de creer en Dios es aquella que me hace dudar de mí mismo. Un Dios que nada tiene que ver con ninguna religión sino conmigo. Viva el narcisismo.

A veces me gusta iniciar y terminar sin decir nada. Y qué bien, porque es genial darse cuenta lo divertido que resulta retar más al cielo que a la ciencia.

Oremos.

Por culpa de la culpa

Ayer pensaba en la estupidez humana. Bueno, es algo que siempre pienso, pero esta vez me centré un poco más en el miedo a ser anormales por culpa de la culpa.

Creo que la culpa y el arrepentimiento son sentimientos inventados. (Y eso también me hacen pensar las películas, libros y etcéteras que siempre enaltecen el arrepentimiento y castigan la falta de éste). De mártir a locosociopsicópataculeroyanexas hay muy poca distancia, según todos. Como lo veo, el ciclo es algo así:

Nos privamos de muchas cosas por "ser normales". Frenamos los instintos y demás impulsos para no parecer salvajes, pero cuando no podemos controlarnos y nos dejamos ser, hacemos que nazcan la culpa y el arrepentimiento para aferramos a ellos con tal de que no ser acusados de locossociopsicópatasculerosyanexas. Las justificaciones sólo sirven para convencernos de que no estuvo tan mal lo que hicimos; buscamos el perdón ajeno para sentirnos humanos. Y bueno, también quizá en algunos casos (de "daño" a otros) porque la otra persona lo considera necesario (cuando se supone que nos importa).

Lo malo de esta programación es que muchos terminan disculpándose más de lo que entienden haber hecho. Muchos otros, digo. Pero bueno, igual me vale verga, nomás decía sin saber qué. Lo ideal sería practicar más el No hay pedo y aprender a vivir con el desprecio ajeno, o lo que sea que eso signifique.

Parte II


Llegamos, dije, pero no es necesario seguir sobre ese camino. Olviden mi advertencia.

En fin, escribo sobre mí porque así me lo recomendaron. Bueno, no tal cual; me aconsejaron dejar de exagerar mis anécdotas cuando estoy borracho y concentrarme en armar mi historia estando sobrio. Mala idea, estoy recordando cosas que no debería, cosas que no quiero. Por ejemplo, me parece de pésimo gusto que se nos considere un reflejo de nuestros padres. Y es que los míos eran ejemplares en todos los aspectos, por eso me molesta que se piense que mi comportamiento se deba a la mala educación recibida en casa. Divago de nuevo.

Retomando el tema del inventario, me gustaría aclarar que no todo es lo que parece. Es decir, sí, me las cogí sin culpa ni compromiso, pero no fue tan pasajero como se podría creer. Alguna vez fui capaz de sostener tres relaciones al mismo tiempo. Me gusta recordar todo el tipo de mentiras que decía y reírme de eso. No me considero un hijodeputa, dado que la culpa fue de su ingenuidad. Ah, esperen, estoy siendo machista. No, no puedo arreglarlo. (Si acaso en mi defensa puedo decir que nunca he sabido lidiar correctamente con la soledad, pero ¿quién sí? Soy cobarde, dicen los que dicen saber). Procedo. Mi farsa duró aproximadamente seis meses. Así que, cuando fui descubierto, no tuve de otra que declararme enfermo. "Enfermo terminal de gripa y adicción sexual". No me creyeron, pero igual me condenaron a muerte. (Como si eso me diera miedo). Qué cosas. Como sea, entre más objetos aparecían al momento de inventariar, más recordaba lo mucho que han tratado de marcar todas esas mujeres mi vida muy a su manera. Fracasadas. Recuerdo a Sofía, que intentó volverme vegetariano. O a Lucrecia, que trató de cambiar mi forma de vestir. Y también a Laura, que trató sin éxito romper mi hermetismo. (La verdad es que digo esos nombres desconociendo si son los reales). Todas me intentaron curar el alcoholismo, todas quisieron investigar sobre mi pasado y todas decían que me entenderían sin importar lo que pasara. Todas se fueron; ninguna entendió. Todas me convirtieron en nadie. En nadie para ellas, afortunadamente. Esperen, ahora me invade la teoría de que quizá sí soy un cobarde. No tardo.

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NOTA: Estas dos partes (más las que sigan —si es que siguen—) no son más que extractos de un diario falso. FALSO, no personal. Gracias. (Pensé realmente que sobraba decirlo, pero ni modo, van varios que preguntan o me comentan como si así lo creyeran. "Bueno fuera", les digo.)

Los (Otros) Olvidados

Ya nadie piensa en las cucharas ni demás utensilios de cocina. Pobres, fieles miembros del grupo de los No Considerados Nunca Para Nada. A nadie se le ocurre pensar en lo difícil que debe ser para la cuchara aguantar la respiración cada que alguien se dispone a sumergirla en un plato de sopa; o en las maldiciones y demás groserías que soporta el tenedor cada vez que tiene que clavar sus colmillos sobre algún alimento indefenso —¡Hijodelagranreputaputa!, le gritan con odiodolor mientras él trata de explicar que no es su culpa—. Nadie piensa en el gran pésame existencial que siente el cuchillo porque siempre lo han obligado a mutilar contra su voluntad. Es un asesino inocente, dice. A diario se lamenta por haber nacido con filo y se tortura recordando las lágrimas y la sangre que ha derramado; además, sufre porque su relación con la tabla para picar nunca podrá ser: sabe que algún día terminará por lastimarla y él no es esa clase de utensilio, alega. Los metales son muy pacifistas. ¿Y qué me dicen del sarten? Se ha cansado de pedir unas vacaciones por la falta de atención médica después de haber sido expuesto a serias quemaduras. También está harto del acoso del cochambre, dice. Asimismo está la contraparte: los recipientes que se mueren de frío en el refrigerador. Esto a menudo provoca discusiones entre los miembros sobre si es peor el frío o el calor. El microondas se carcajea. El exprimidor de jugos y la licuadora van a terapia juntos porque no pueden dormir. Viven en paranoia, tienen miedo de que las almas de los alimentos torturados vuelvan a vengarse por la noche, dicen. El cesto de basura dice escuchar y ver muertos, no se ha enterado que su función es la de un cementerio. Los envases reciclados para guardar especias están ansiosos por su jubilación, desconocen que tal cosa no existe y que terminarán en el cesto-cementerio. Como todos. El tazón para cereal está harto de tantos azotes y es intolerante a la lactosa, dice. La cafetera ha decidido dejar de luchar contra el insomnio y se ha convertido en vigilante nocturno. El tostador también sufre, pero ha decidido morir en silencio: es mudo y nadie entiende sus señales de humo.

Las tazas y los vasos sufren la envidia del resto. Son los consentidos, los bien tratados. Se creen mucho porque están en constante contacto con los verdugos, les reclaman. Ignoran que las tazas se han vuelto adictas al café y otras hierbas (de té). A ver si ya se les quita lo chismosas, grita la batidora. Los vasos (en cualquier presentación: tarro, jaibolero, coñaquero, güisquero) son muy arrogantes, presumen su transparencia argumentando que son incapaces de mentir; llevan la honestidad en la piel (cristal), dicen, pero a menudo se les ve borrachos y chocando unos con otros mientras cantan acompañados por las cucharas tratando de seducir a las copas. Ignoran que las copas pertenecen a otro mundo, a otra clase. También en la cocina existe lo platónico (y no precisamente por los cubiertos).

Otra vez hay elecciones, pero a nadie ya le importa. Todos saben que la dictadura del lavavajillas no terminará nunca. Por lo menos nos trata bien y nos mantiene limpios, se consuelan. Pronto descubrirán que el sabio fregadero se alió con el triturador de basura para derrocar al lavavajillas de una vez por todas. Revolución culinaria.

Historias de terror se escuchan todo el tiempo en esa cocina tan llena de héroes. Pero qué.

Yo solamente quiero recuperar el brillo perdido, dice la otrora cuchara de plata más hermosa del mundo.

Parte I

A veces me da por pensar en los aretes, anillos, calzones, calcetines y demás prendas o accesorios que han olvidado todas las putas que han desfilado por este lugar. Putas que no saben que lo son; mejor dicho, que no saben que así les digo. Lugar que no sólo detesto por su olor a mierda, sino porque soy incapaz de vivir fuera de él. Esperen, me faltó agregar un "cómodamente": soy incapaz de vivir cómodamente fuera de él. Por lo que podemos deducir que me siento cómodo viviendo en la mierda. Digo "podemos" porque me gusta ser educado y me agrada pensar que si alguien lo entiende es porque está en una situación similar. Soy compartido, vaya. Con la mierda, vaya. Váyanse a la mierda, vaya. No. Retomemos. Hace unos días me puse a inventariar todos esos objetos, prendas o accesorios que se encontraban dispersos por todo el departamento: las medias negras de Graciela, los calcetines dispares de Julia, el arete izquierdo (no pregunten, es el izquierdo) de Mónica, el anillo de compromiso de Patricia, el labial de Blancanieves, el sostén de Aquellamujeraltaquemesonrióenelcentro, las bragas de Ladepelobonito, las gafas para sol de Sabrádios, etcétera. Y digo "etcétera" porque de verdad fueron bastantes objetos, prendas o accesorios regados por el departamento. (Además de que no fui capaz de reconocer a más de cinco dueñas). Regados por la cocina, el comedor, la sala, el cuarto, el baño, todos lados. Todo mal, muy mal, diría mi madre. Madre que murió hace diez años. Diez años de los cuales recuerdo menos de la mitad. Y antes de eso, recuerdo menos. Esperen, ¿cómo llegamos al tema de mi madre? Sí, "llegamos". Bueno, a partir de aquí, están a tiempo de regresarse. Les advierto.

La Quiénsabe

He venido a llorar por esos muertos que a nadie le importan, a sacrificar mi sonrisa con tal de mostrar un poco de compasión por la gente que aquí sufre en silencio. Quiero declarar la guerra a todo aquel que ha sido capaz de pisotear el orgullo de las personas aquí reunidas. Me gustaría poder cambiar el entorno y convertir esto en un teatro lleno de comedia. Estoy harta de imaginarme historias según el tipo de rostros que veo, estoy harta de que todas sean historias tristes. Sería genial poder presumir mi sonrisa sin culpa, poder sonreírle al mundo sin que éste sienta que le estoy insultando. Quiero que se me cuenten historias felices: con una mirada, con una sonrisa, qué sé yo; quiero mirar rostros contentos. Detesto el mal olor de este lugar, que no es precisamente por la falta de baño sino por el poco respeto que siente la gente al momento de convivir. Por eso y muchas cosas más, hoy agradezco al Cielo que se me haya concedido ser hermosa. Pongan atención, aprendan y sean felices.

Dicho lo anterior, desfiló de principio a fin por el andén, deslumbrando a todos con su belleza y sus grandes piernas, y se lanzó a las vías justo cuando el tren llegaba a la estación. Hoy la denigran dedicándole una estúpida placa en esa misma estación. No aprendieron nada. También le regalaron un apodo. Uno feo, soso y vulgar, mismo que no pienso mencionar porque no me quiero condenar.

Simpleza

Me gusta pensar en la vida como el peor escenario posible. Eso de nacer para tener que crecer rodeado de gente cuyas costumbres terminan contagiándose y cuyas tristezas parece que terminan siendo compartidas no me parece algo lindo, la verdad. De nada sirve estudiar, trabajar y dejar rastro. De nada. Pensemos un momento en todo eso que la gente dice que es lo correcto: encontrar un buen trabajo, encontrar el amor, rodearse de buenas personas; ser exitoso, dicen. ¿Y para qué?, me pregunto una y otra vez. ¿Para qué dejar un rastro que pocas personas van a seguir o que terminará por desvanecerse con el paso del tiempo?

No entiendo el conflicto de algunas personas con vivir en la sombra. Ser un mediocre no me resulta conflictivo, creo que ahí está la verdadera fórmula de la felicidad. El desear la grandeza sólo nos convierte en seres ambiciosos e incapaces de sentirnos satisfechos; la inconformidad como forma de vida me parece bastante molesta.

¿Qué hay de genial en escribir un libro cuya trama pueda cambiar la vida de miles de personas?
 De ahí que agradezcamos la existencia del ego, supongo. Vivan también los placeres simples.

Teorías falsificables

Hoy desperté sintiendo un frío tan intenso que me hizo pensar que moriría congelado. En cuanto me incorporé sobre la cama para tratar de alcanzar una cobija, noté que no tenía ninguna y que mi cuerpo se encontraba totalmente desnudo. Una sensación de miedo profundo recorrió mi cuerpo. De inmediato recordé todas las escenas que abundan en las películas sobre gente que despierta lejos de casa y sin órganos: me revisé y estaba completo. Bueno, casi; no tenía ropa, reloj, ni cartera. Me entró la ilusión de que tal vez una puta muy puta había robado mis pertenencias después de haberme hecho el favor, pero después noté que estaba en casa. Soy casado, por lo tanto, no pude haber traído una puta a casa. No soy tan descarado, quiero decir. Seguí analizando mi entorno mientras descubría un fuerte dolor de cabeza. Primer descubrimiento: estoy crudo. Encontré por fin mis pantalones a la entrada del baño, así que me los puse después de soltar una buena meada y bajé a la cocina por una cerveza para comenzar mi sanación de cruda. Noté que la casa estaba vacía y en la calle no se escuchaba ningún tipo de ruido. La sospecha me invadió de nuevo tras mi primer trago de cerveza, por lo que me senté a meditar sobre lo que me estaba pasando. Una vez descartadas las teorías de los saca-órganos y la puta roba-pertenencias, fui tras la pista de una teoría nueva: tal vez estaba viviendo un holocausto zombie (recuerdo vagamente haber visto algunas películas del fenómeno). Cagado de miedo, sin soltar mi cerveza, me asomé por la ventana esperando encontrar afuera varios entes caminando como estúpidos en busca de cerebros. No, no hay ninguno. Pero afuera está oscuro. Chingadamadre, ¿entonces qué pasó? Me vuelvo a sentar en la mesa de la cocina para intentar descifrar lo que pasa. Bingo, noto el reloj de la cocina: son las cinco de la mañana de un domingo. Eso explica las calles desiertas. Además, ya recordé que mi esposa se fue con sus padres y mis hijos a nosédónde. Como sea, no llegan hasta mañana. Me estoy desviando: ¿qué pasó ayer? 

Ya invertí demasiado tiempo intentando averiguar qué pasó ayer y nada. Sin embargo, mi invención de teorías falsas sólo puede significar algo: 
Es momento de pedirle el divorcio a la gorda de mi esposa. Y soy un pendejo.

Cavernicolismo

Esta semana he mirado varias veces el vídeo de Katy Perry en el Victoria's Secret Fashion Show. Dios, vaya coctel de papayas. ("Unga-bunga"). Me intriga la manera en que tanta belleza —entiéndase: mujeres que están lejos de ser comunes; envidiadas y deseadas en  grandes cantidades— llega a pasar desapercibida al formar parte de un ambiente en donde ser perfecta es normal, y hasta obligatorio. Se redefinen los adjetivos calificativos: lo que comúnmente parece asombroso, en casos así se convierte en un "Ah, sí merece estar aquí". Y así, con tristeza, la exageración va desapareciendo. Supongo.

Escribo esto mientras miro la fotografía de lo que considero una hermosa mujer en vestido rosa. Pienso en todo lo que ella y la fotógrafa podrían estar pensando, o al menos eso intento. No se me ocurre nada relevante; de hecho, me gustaría saber si existe alguna foto de esa sesión en donde se le vean los calzones. También me pregunto qué pasará cuando las modelos envejezcan y miren las fotos que tan humildemente captaron sus mejores rasgos: el aumento en la elasticidad de la piel no creo que pueda ser ignorado. Recuerdo a Brigitte Bardot y pasó de una erección a reírme del humor tan ácido que tiene Dios al hacer que se manifeste el tiempo. Culero.

"Tienes un issue con el pasado", me dijeron esta mañana y se me zangoloteó el cerebro. Genio.

Desconozco si se entiende lo que quise decir, pero algo se entenderá. Clávense en la textura mientras Darwin se revuelca en su tumba.

Comedia

Somos bromas de mal gusto en un mundo de comediantes sin futuro, sin noción de la realidad.

Lo digo porque deberíamos aprender a reírnos de lo propio antes de lo ajeno. Falta de evolución, supongo.

Propongo que nos limitemos a existir con humor real: el involuntario.
A.

Bromas discretas

Me gustaría experimentar el nivel de ilusión que tienen las gorditas que andan para todos lados cargando y presumiendo sus dos litros de agua diarios. Y las envidio. No por gordas con voluntad, sino por su voluntad. Así nomás.

Analizando un poco más, me doy cuenta de que todos somos hasta cierto punto como la gente que vive a dieta. O la que compra cosas a crédito. O la mujer que se maquilla camino a donde sea. O el cuarentón que se inscribe en el gimnasio. O la mamá que experimenta con una nueva receta. O las parejas que se prometen eternidad. O etcétera. El punto es que a todos, en mayor o menor escala, nos mantiene vivos la ilusión. Siendo fatalistas, la gente sin ilusión está en su mayoría muerta. Por eso me intrigan tanto los vagabundos.

Los ejemplos que pongo son bastante absurdos, pero casi puedo ver a Dios con un control remoto frente a su pequeño universo convertido en pantalla. Riéndose. Cambiando el canal para ver y disfrutar de las diferentes situaciones a las que se somete la gente con tal de que sus ilusiones tomen forma. It's alive!, gritarán muy pocos.

Queda claro que las ilusiones de cada quién deben respetarse, aunque no por eso todas pierden gracia. Las mías, por ejemplo, son de las que más me burlo. En secreto, eso sí.

Resumiendo: 
Creo sinceramente que ilusión no es más que sinónimo de chiste en algún idioma desconocido y celestial. Pero qué.

Estrellas estúpidas

Hoy recordé una conversación entre féminas que escuché hace un par de meses. Se encontraban después de algún tiempo de no haberse visto. Después del saludo y el protocolo estúpido, sucedió algo como lo siguiente:

—Te noto muy delgada, qué bonita te ves.
—Gracias; sí, bajé mucho de peso.
—¿Por qué? ¿Estás haciendo ejercicio? ¿Alguna dieta? Deberías pasármela porque blablablablablah… (me desconecté).
—No. Es que me dejó mi novio.

En ese momento entendí que la verga engorda y da felicidad.

Por supuesto que no pude evitar seguir escuchando. La mujer que había notado la pérdida de peso le dijo a la Ahora-flaca-con-ojos-llorosos que no estuviera triste, que el tipo que la dejó no sabía de lo que se había perdido. No sirvió. La mujer rompió en llanto mientras yo intentaba no reír. Y contener la risa fue una sabia decisión, ya que momentos después se solicitó mi opinión con algo así como "¿O tú qué piensas?". Me dieron muchas ganas de contestar algo del tipo "Pienso que tu amiga está bien pendeja", pero no lo hice; me limité a decir

Hay más culos que estrellas.

La mujer que había notado la pérdida de peso sonrió y se limitó a decirle a la chillona: "¿Ves? ¿Qué eres?". A lo que la chillona respondió "Estrella".

Rompí en llanto. No habían entendido nada. Qué cruel es el mundo, morirán solas.

Disociación

Recuerdo haber conocido a la persona con la mejor memoria del mundo. Era capaz de recordar los nombres y los rostros de absolutamente todas las personas que cruzaban por su vida, además de las diferentes situaciones y temas de conversación intercambiados con cada una. La capacidad que tenía para mencionar la fecha exacta de cada suceso era lo que más me sorprendía de él. Irónicamente, era huérfano. Aunque recordaba con exactitud el día y la hora en que murieron sus padres, nunca quería hablar de eso, se limitaba a decir que habían muerto en un accidente cuando él tenía seis años. Alguna vez le pregunté si tenía más familia y me dijo que no. Nunca me gustó preguntarle más de lo que me quería contar. Después lo dejé de ver.

Hace unos meses lo llamaron del hospital para informarle que su hermano había sufrido un accidente y que buscaban donadores de sangre. Colgó pensando que era broma; la curiosidad lo hizo visitar el hospital. Al entrar en la habitación de su hermano, descubrió que tenía un gemelo al que no recordaba en absoluto. He visto gente desmayarse, pero nunca nada como eso. Pareció haber muerto de la impresión. Despertó después de un par de horas en el sofá del cuarto, junto a su hermano. No sabía qué decirle, así que sólo dijo lo primero que se le vino a la mente:

—¿De dónde saliste y por qué apenas te apareces?
—Tú no tuviste la culpa —contestó el extraño.
—¿De qué hablas?
—Del 26 de Octubre de 1986. Tú no tuviste la culpa.

Salió del cuarto sin decir nada, dejando al moribundo cumplir con su función.

Se necesitaría desempolvar nuestro juguete favorito abandonado, y que éste cobrara vida contándonos todos esos recuerdos que hemos eliminado, para entender una mínima parte de lo que él sintió. Esas ganas de llorar de felicidad le resultaban ajenas, por eso se espantó cuando salió la primera lágrima. Por eso corrió a esconderse y dejó pasar el momento. Por eso se mató.

Los recuerdos reprimidos se tratan con respeto, entendí.
 
M.