Archive for febrero 2011

Simpleza

Me gusta pensar en la vida como el peor escenario posible. Eso de nacer para tener que crecer rodeado de gente cuyas costumbres terminan contagiándose y cuyas tristezas parece que terminan siendo compartidas no me parece algo lindo, la verdad. De nada sirve estudiar, trabajar y dejar rastro. De nada. Pensemos un momento en todo eso que la gente dice que es lo correcto: encontrar un buen trabajo, encontrar el amor, rodearse de buenas personas; ser exitoso, dicen. ¿Y para qué?, me pregunto una y otra vez. ¿Para qué dejar un rastro que pocas personas van a seguir o que terminará por desvanecerse con el paso del tiempo?

No entiendo el conflicto de algunas personas con vivir en la sombra. Ser un mediocre no me resulta conflictivo, creo que ahí está la verdadera fórmula de la felicidad. El desear la grandeza sólo nos convierte en seres ambiciosos e incapaces de sentirnos satisfechos; la inconformidad como forma de vida me parece bastante molesta.

¿Qué hay de genial en escribir un libro cuya trama pueda cambiar la vida de miles de personas?
 De ahí que agradezcamos la existencia del ego, supongo. Vivan también los placeres simples.

Teorías falsificables

Hoy desperté sintiendo un frío tan intenso que me hizo pensar que moriría congelado. En cuanto me incorporé sobre la cama para tratar de alcanzar una cobija, noté que no tenía ninguna y que mi cuerpo se encontraba totalmente desnudo. Una sensación de miedo profundo recorrió mi cuerpo. De inmediato recordé todas las escenas que abundan en las películas sobre gente que despierta lejos de casa y sin órganos: me revisé y estaba completo. Bueno, casi; no tenía ropa, reloj, ni cartera. Me entró la ilusión de que tal vez una puta muy puta había robado mis pertenencias después de haberme hecho el favor, pero después noté que estaba en casa. Soy casado, por lo tanto, no pude haber traído una puta a casa. No soy tan descarado, quiero decir. Seguí analizando mi entorno mientras descubría un fuerte dolor de cabeza. Primer descubrimiento: estoy crudo. Encontré por fin mis pantalones a la entrada del baño, así que me los puse después de soltar una buena meada y bajé a la cocina por una cerveza para comenzar mi sanación de cruda. Noté que la casa estaba vacía y en la calle no se escuchaba ningún tipo de ruido. La sospecha me invadió de nuevo tras mi primer trago de cerveza, por lo que me senté a meditar sobre lo que me estaba pasando. Una vez descartadas las teorías de los saca-órganos y la puta roba-pertenencias, fui tras la pista de una teoría nueva: tal vez estaba viviendo un holocausto zombie (recuerdo vagamente haber visto algunas películas del fenómeno). Cagado de miedo, sin soltar mi cerveza, me asomé por la ventana esperando encontrar afuera varios entes caminando como estúpidos en busca de cerebros. No, no hay ninguno. Pero afuera está oscuro. Chingadamadre, ¿entonces qué pasó? Me vuelvo a sentar en la mesa de la cocina para intentar descifrar lo que pasa. Bingo, noto el reloj de la cocina: son las cinco de la mañana de un domingo. Eso explica las calles desiertas. Además, ya recordé que mi esposa se fue con sus padres y mis hijos a nosédónde. Como sea, no llegan hasta mañana. Me estoy desviando: ¿qué pasó ayer? 

Ya invertí demasiado tiempo intentando averiguar qué pasó ayer y nada. Sin embargo, mi invención de teorías falsas sólo puede significar algo: 
Es momento de pedirle el divorcio a la gorda de mi esposa. Y soy un pendejo.