Archive for marzo 2011

Por culpa de la culpa

Ayer pensaba en la estupidez humana. Bueno, es algo que siempre pienso, pero esta vez me centré un poco más en el miedo a ser anormales por culpa de la culpa.

Creo que la culpa y el arrepentimiento son sentimientos inventados. (Y eso también me hacen pensar las películas, libros y etcéteras que siempre enaltecen el arrepentimiento y castigan la falta de éste). De mártir a locosociopsicópataculeroyanexas hay muy poca distancia, según todos. Como lo veo, el ciclo es algo así:

Nos privamos de muchas cosas por "ser normales". Frenamos los instintos y demás impulsos para no parecer salvajes, pero cuando no podemos controlarnos y nos dejamos ser, hacemos que nazcan la culpa y el arrepentimiento para aferramos a ellos con tal de que no ser acusados de locossociopsicópatasculerosyanexas. Las justificaciones sólo sirven para convencernos de que no estuvo tan mal lo que hicimos; buscamos el perdón ajeno para sentirnos humanos. Y bueno, también quizá en algunos casos (de "daño" a otros) porque la otra persona lo considera necesario (cuando se supone que nos importa).

Lo malo de esta programación es que muchos terminan disculpándose más de lo que entienden haber hecho. Muchos otros, digo. Pero bueno, igual me vale verga, nomás decía sin saber qué. Lo ideal sería practicar más el No hay pedo y aprender a vivir con el desprecio ajeno, o lo que sea que eso signifique.

Parte II


Llegamos, dije, pero no es necesario seguir sobre ese camino. Olviden mi advertencia.

En fin, escribo sobre mí porque así me lo recomendaron. Bueno, no tal cual; me aconsejaron dejar de exagerar mis anécdotas cuando estoy borracho y concentrarme en armar mi historia estando sobrio. Mala idea, estoy recordando cosas que no debería, cosas que no quiero. Por ejemplo, me parece de pésimo gusto que se nos considere un reflejo de nuestros padres. Y es que los míos eran ejemplares en todos los aspectos, por eso me molesta que se piense que mi comportamiento se deba a la mala educación recibida en casa. Divago de nuevo.

Retomando el tema del inventario, me gustaría aclarar que no todo es lo que parece. Es decir, sí, me las cogí sin culpa ni compromiso, pero no fue tan pasajero como se podría creer. Alguna vez fui capaz de sostener tres relaciones al mismo tiempo. Me gusta recordar todo el tipo de mentiras que decía y reírme de eso. No me considero un hijodeputa, dado que la culpa fue de su ingenuidad. Ah, esperen, estoy siendo machista. No, no puedo arreglarlo. (Si acaso en mi defensa puedo decir que nunca he sabido lidiar correctamente con la soledad, pero ¿quién sí? Soy cobarde, dicen los que dicen saber). Procedo. Mi farsa duró aproximadamente seis meses. Así que, cuando fui descubierto, no tuve de otra que declararme enfermo. "Enfermo terminal de gripa y adicción sexual". No me creyeron, pero igual me condenaron a muerte. (Como si eso me diera miedo). Qué cosas. Como sea, entre más objetos aparecían al momento de inventariar, más recordaba lo mucho que han tratado de marcar todas esas mujeres mi vida muy a su manera. Fracasadas. Recuerdo a Sofía, que intentó volverme vegetariano. O a Lucrecia, que trató de cambiar mi forma de vestir. Y también a Laura, que trató sin éxito romper mi hermetismo. (La verdad es que digo esos nombres desconociendo si son los reales). Todas me intentaron curar el alcoholismo, todas quisieron investigar sobre mi pasado y todas decían que me entenderían sin importar lo que pasara. Todas se fueron; ninguna entendió. Todas me convirtieron en nadie. En nadie para ellas, afortunadamente. Esperen, ahora me invade la teoría de que quizá sí soy un cobarde. No tardo.

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NOTA: Estas dos partes (más las que sigan —si es que siguen—) no son más que extractos de un diario falso. FALSO, no personal. Gracias. (Pensé realmente que sobraba decirlo, pero ni modo, van varios que preguntan o me comentan como si así lo creyeran. "Bueno fuera", les digo.)

Los (Otros) Olvidados

Ya nadie piensa en las cucharas ni demás utensilios de cocina. Pobres, fieles miembros del grupo de los No Considerados Nunca Para Nada. A nadie se le ocurre pensar en lo difícil que debe ser para la cuchara aguantar la respiración cada que alguien se dispone a sumergirla en un plato de sopa; o en las maldiciones y demás groserías que soporta el tenedor cada vez que tiene que clavar sus colmillos sobre algún alimento indefenso —¡Hijodelagranreputaputa!, le gritan con odiodolor mientras él trata de explicar que no es su culpa—. Nadie piensa en el gran pésame existencial que siente el cuchillo porque siempre lo han obligado a mutilar contra su voluntad. Es un asesino inocente, dice. A diario se lamenta por haber nacido con filo y se tortura recordando las lágrimas y la sangre que ha derramado; además, sufre porque su relación con la tabla para picar nunca podrá ser: sabe que algún día terminará por lastimarla y él no es esa clase de utensilio, alega. Los metales son muy pacifistas. ¿Y qué me dicen del sarten? Se ha cansado de pedir unas vacaciones por la falta de atención médica después de haber sido expuesto a serias quemaduras. También está harto del acoso del cochambre, dice. Asimismo está la contraparte: los recipientes que se mueren de frío en el refrigerador. Esto a menudo provoca discusiones entre los miembros sobre si es peor el frío o el calor. El microondas se carcajea. El exprimidor de jugos y la licuadora van a terapia juntos porque no pueden dormir. Viven en paranoia, tienen miedo de que las almas de los alimentos torturados vuelvan a vengarse por la noche, dicen. El cesto de basura dice escuchar y ver muertos, no se ha enterado que su función es la de un cementerio. Los envases reciclados para guardar especias están ansiosos por su jubilación, desconocen que tal cosa no existe y que terminarán en el cesto-cementerio. Como todos. El tazón para cereal está harto de tantos azotes y es intolerante a la lactosa, dice. La cafetera ha decidido dejar de luchar contra el insomnio y se ha convertido en vigilante nocturno. El tostador también sufre, pero ha decidido morir en silencio: es mudo y nadie entiende sus señales de humo.

Las tazas y los vasos sufren la envidia del resto. Son los consentidos, los bien tratados. Se creen mucho porque están en constante contacto con los verdugos, les reclaman. Ignoran que las tazas se han vuelto adictas al café y otras hierbas (de té). A ver si ya se les quita lo chismosas, grita la batidora. Los vasos (en cualquier presentación: tarro, jaibolero, coñaquero, güisquero) son muy arrogantes, presumen su transparencia argumentando que son incapaces de mentir; llevan la honestidad en la piel (cristal), dicen, pero a menudo se les ve borrachos y chocando unos con otros mientras cantan acompañados por las cucharas tratando de seducir a las copas. Ignoran que las copas pertenecen a otro mundo, a otra clase. También en la cocina existe lo platónico (y no precisamente por los cubiertos).

Otra vez hay elecciones, pero a nadie ya le importa. Todos saben que la dictadura del lavavajillas no terminará nunca. Por lo menos nos trata bien y nos mantiene limpios, se consuelan. Pronto descubrirán que el sabio fregadero se alió con el triturador de basura para derrocar al lavavajillas de una vez por todas. Revolución culinaria.

Historias de terror se escuchan todo el tiempo en esa cocina tan llena de héroes. Pero qué.

Yo solamente quiero recuperar el brillo perdido, dice la otrora cuchara de plata más hermosa del mundo.

Parte I

A veces me da por pensar en los aretes, anillos, calzones, calcetines y demás prendas o accesorios que han olvidado todas las putas que han desfilado por este lugar. Putas que no saben que lo son; mejor dicho, que no saben que así les digo. Lugar que no sólo detesto por su olor a mierda, sino porque soy incapaz de vivir fuera de él. Esperen, me faltó agregar un "cómodamente": soy incapaz de vivir cómodamente fuera de él. Por lo que podemos deducir que me siento cómodo viviendo en la mierda. Digo "podemos" porque me gusta ser educado y me agrada pensar que si alguien lo entiende es porque está en una situación similar. Soy compartido, vaya. Con la mierda, vaya. Váyanse a la mierda, vaya. No. Retomemos. Hace unos días me puse a inventariar todos esos objetos, prendas o accesorios que se encontraban dispersos por todo el departamento: las medias negras de Graciela, los calcetines dispares de Julia, el arete izquierdo (no pregunten, es el izquierdo) de Mónica, el anillo de compromiso de Patricia, el labial de Blancanieves, el sostén de Aquellamujeraltaquemesonrióenelcentro, las bragas de Ladepelobonito, las gafas para sol de Sabrádios, etcétera. Y digo "etcétera" porque de verdad fueron bastantes objetos, prendas o accesorios regados por el departamento. (Además de que no fui capaz de reconocer a más de cinco dueñas). Regados por la cocina, el comedor, la sala, el cuarto, el baño, todos lados. Todo mal, muy mal, diría mi madre. Madre que murió hace diez años. Diez años de los cuales recuerdo menos de la mitad. Y antes de eso, recuerdo menos. Esperen, ¿cómo llegamos al tema de mi madre? Sí, "llegamos". Bueno, a partir de aquí, están a tiempo de regresarse. Les advierto.

La Quiénsabe

He venido a llorar por esos muertos que a nadie le importan, a sacrificar mi sonrisa con tal de mostrar un poco de compasión por la gente que aquí sufre en silencio. Quiero declarar la guerra a todo aquel que ha sido capaz de pisotear el orgullo de las personas aquí reunidas. Me gustaría poder cambiar el entorno y convertir esto en un teatro lleno de comedia. Estoy harta de imaginarme historias según el tipo de rostros que veo, estoy harta de que todas sean historias tristes. Sería genial poder presumir mi sonrisa sin culpa, poder sonreírle al mundo sin que éste sienta que le estoy insultando. Quiero que se me cuenten historias felices: con una mirada, con una sonrisa, qué sé yo; quiero mirar rostros contentos. Detesto el mal olor de este lugar, que no es precisamente por la falta de baño sino por el poco respeto que siente la gente al momento de convivir. Por eso y muchas cosas más, hoy agradezco al Cielo que se me haya concedido ser hermosa. Pongan atención, aprendan y sean felices.

Dicho lo anterior, desfiló de principio a fin por el andén, deslumbrando a todos con su belleza y sus grandes piernas, y se lanzó a las vías justo cuando el tren llegaba a la estación. Hoy la denigran dedicándole una estúpida placa en esa misma estación. No aprendieron nada. También le regalaron un apodo. Uno feo, soso y vulgar, mismo que no pienso mencionar porque no me quiero condenar.