Archive for 2012

La letra de Santaclós

La cena de Navidad se había prolongado mil horas más de lo que su madre había prometido y Rodrigo ya estaba impaciente porque ésta llegara a su fin. Ese año los festejos navideños se llevaron a cabo en casa de la insoportable tía Toña, un monstruo que disfrutaba de pellizcar cachetes y acariciar a sus sobrinos como si fueran perros. Rodrigo nunca dijo nada, pero en el fondo deseaba con toda su alma que la vieja Toña terminara de engordar para que por fin reventara en mil pedacitos; claro que después sentía mucha culpa por sus malos deseos y los apaciguaba sonriéndole en todo momento.

Esa noche, Rodrigo debió preguntarle a su madre unas quinientasochentaycuatro veces cuánto tiempo faltaba para que por fin se fueran a casa, y su madre debió responderle quinientasochentaycuatro veces que no molestara, que se fuera a dormir. De hecho, toda la familia insistía en mandarlo a dormir con el resto de chamacos, pero él prefería quedarse sentado en un sillón de la sala tratando de disimular su preocupación mezclada con enojo. Y es que nadie entendía por qué era tanta su insistencia ni su impaciencia: Santaclós no entregaría sus regalos si no había nadie en casa para recibirlos, seguro pensaría que era una broma y probablemente llevaría los juguetes al niño equivocado.

Pasaron unas mil horas más antes de que Rodrigo confesara por fin por qué tanta insistencia con irse, por lo que un tío tuvo a bien mentirle para convencerlo de irse a descansar. "No te preocupes, Santaclós sabe que estás celebrando la Navidad en otra casa con tu familia; entregará tus regalos aunque no estés, ya vete a dormir", dijo Santiago mientras que el resto de adultos borrachos respaldaban su teoría. Finalmente, el argumento ganador fue el de su madre, que le prometió que llegarían a casa antes que el panzón del Polo Norte. 

Así fue como el niño paranoico logró subir a descansar con el resto de sus primos, confiando en la promesa de su madre. A pesar de los malos tratos, Rodrigo desconocía el porqué no podía dejar de creer en las palabras de su madre, casi como si algo superior se lo ordenara.

Tras mil horas de dar vueltas por la cama pensando y pensando en cuál de todos sus regalos abriría primero, Rodrigo por fin se durmió sin decidir nada más que el hecho de divertirse a toda costa. No sabía entonces lo que le esperaba al despertar.

A la mañana siguiente, como era de suponerse, Rodrigo madrugó al mismo tiempo que la mayoría de sus primos. Misteriosamente, todos tenían regalos esperando bajo el árbol. Todos menos él. No entendía nada, ¿será que Santaclós había leído los malos pensamientos que tenía hacía la tía Toña y lo haya dejado con las manos vacías para que aprendiera su lección? Lo dudaba, pero era la única explicación que se pudo dar entonces. Maldito gordo, no era para tanto, pensó.

La sensación que sintió al ver a todos los primos rompiendo el empaque de sus juguetes nuevos es algo que sólo sienten los perros callejeros al ser electrocutados para que dejen de sobrepoblar las ciudades. Se sentía horrible, y lo peor era que no podía hacer nada más que fingir una sonrisa a pesar de querer prenderle fuego a la casa entera con todo y sus habitantes dentro. Pero se contuvo; ni una lágrima, ni una mala palabra. Nada. Sólo pudo iniciar una carrera por toda la casa en busca de su madre, esa cínica borracha que había roto una promesa más.

Carta del día de tu nacimiento

Enterarme de tu llegada fue una noticia que no esperaba; sin embargo, la felicidad con la que todos hablaban de ti me terminó contagiando y dejé de creer que era una mala idea. Asumí con orgullo —más por obligación que por gusto— el hecho de que poco a poco terminaría convertida en una vaca y que todas las dietas y ejercicio que hice a lo largo de mi vida se arruinarían tan solo por tener que llevarte en mi vientre. Es estúpido, ¿sabes? No puedo creer cómo es que algo a lo que todos se refieren como un milagro hermoso puede nacer de algo tan horrible y desagradable como un cuerpo hinchado y mucho dolor. Por si fuera poco, aún no logro descifrar quién es tu padre. Pero no importa, aún así te quiero y eres bienvenido; nada puede arruinar el hecho de que quizá tu existencia ayude a mi labor de querer convertir este mundo en un lugar mejor. O al menos eso me sigo diciendo para engañarme.

Aún recuerdo la tarde en que supe de tu llegada, llevaba una semana de náuseas y escalofríos. Al principio pensé que era una gripa, después creí que era gonorrea o alguna de esas cosas que pasan cuando eres lo que todos llaman Una Puta. Yo no pedí nacer bella, ¿sabes? Mucho menos ser estúpida. Pero bueno, para qué desviarnos, tras la semana de náuseas y escalofríos finalmente decidí acudir al hospital. Fue un chequeo rápido y el doctor tenía sospechas, aunque no me decía nada. Me sacaron sangre y me pidieron volver a los tres días por mis resultados. No hizo falta que volviera, al parecer a todos les gusta mucho la idea de seguir sobrepoblando este mundo, así que la secretaria del médico me llamó tan pronto como supo mis resultados. "Felicidades, va usted a ser madre", me dijo la muy estúpida, como si ser madre fuera un premio o algo así. Y si lo es, ¿por qué entonces Dios habría de darnos ese privilegio sólo a las mujeres? ¿Será que considera eso una buena compensación por todo lo que hizo mal? No lo sé, pero bueno, me da gusto saber que vienes. O al menos eso me sigo diciendo para convencerme.

Poco después de saber que llegarías, me puse a enlistar las opciones de quién podría ser el padre de semejante bastardo. No fueron tantas, debo decir, sólo sospechaba de tres o cuatro imbéciles, nada del otro mundo para Una Puta; de hecho, creo que fueron pocos. Para mi mala suerte, entre cada sospechoso no había más de un día de diferencia, así que podría ser cualquiera de los tres o cuatro. Y como al final son unos buenos para nada, preferí no seguir investigando y por eso terminaré diciéndote que tu padre murió al nacer o que eres hijo de Jesucristo. Algo me he de inventar.

Un llanto interminable

I.

Nadie sabe cuántas lágrimas ha derramado ni cuántos cigarrillos lleva consumidos durante todos los días que lleva sentada ahí. Está claramente aturdida, exprimiendo sus recuerdos con la vista perdida hacia ningún lugar en particular. Lo único que se sabe es que debe ser la mujer más triste del pueblo —algunos apostarían que hasta del mundo—. Su rostro delicado y sus ojos tan hermosos hacen que sea imposible ignorarla al pasar por ahí; eso y el hecho de que además eligió un gran sitio para exhibir su tristeza la han convertido en la principal fuente de atracción en un pueblo donde no suele pasar nunca nada. Y ella lo sabe, pero no le importa, es indiferente a las miradas y preguntas que la gente le hace al pasar por ahí. Han sido varias personas las que han intentado acercarse a ayudarla, pero ella simplemente las ignora y grita si alguien intenta tocarla. Por eso es que ya todos se limitan solamente a contemplarla, para después ignorarla, como si de una estatua se tratara.

Hay quienes dicen que está ahí porque es un ángel al que mandaron con el encargo de rellenar el mar; después de todo, la esperanza por la salvación no ha muerto. Algunos más dicen lo usual y poco creativo, que sufre por un amor mal logrado (y todas las variables de historias de desamor que existen). Otros, los menos, dicen que su llanto es el de alguien que siente mucha culpa, quizá es una asesina o una pecadora exagerada; "alguna puta que apenas adquirió conciencia", se escucha por ahí. La cosa es que nadie sabe la verdad, y a pocos les interesa, ya que lo único que importa ahora es mantener vivo el morbo.

Apocalipsis

I.

Parece estar de moda eso de rogar a todos los dioses posibles la llegada urgente del Apocalipsis. Y lo detesto. Creo que no existe gente más triste y patética que quienes viven predicando a diestra y siniestra sus ganas de que llegue el fin del mundo, ¿cuál es el punto? Digo, sé que todos tienen sus muy tristes, estúpidas y absurdas razones, pero... ¿y luego? No entiendo qué calma puede haber en aceptarte inútil y querer que el mundo se acabe para remediarlo, me parece muy idiota eso de pregonar la envidia y el egoísmo culero con pose de niño berrinchudo: "Si yo no estoy a gusto, que nadie más lo esté; mejor que se acabe el mundo"... Irónico es que ni acabándose el mundo conocerían la satisfacción.

Lo más gracioso de los fans del Findelmundo es lo chillones e incongruentes que son. Basta un pequeño temblor, una tormenta con truenos y granizo o cualquierotracatástofe para decir que siempre no, que si el Findelmundo implica tener que morirse o sufrir dolor, pues que mejor otro día. Es entonces cuando se dirigen de nuevo a todos los dioses posibles para pedirles que ignoren sus peticiones anteriores alegando que todavía tienen cosas por hacer, que era un chistorete, que perdón por existir. Y bueno, "con razón Dios ya ni nos pela".

Podría ser que todos —o casi todos— hayamos deseado alguna vez, de broma o no, el fin del mundo; pero qué güeva desearlo tres veces al día. En mi caso, lo he deseado de broma y en serio, a veces por tristeza y a veces por comedia, aunque al final me doy cuenta de las pendejadas que estoy diciendo y me mando a dormir sin cenar a la casa del perro que no tengo. Lástima que en esa casa no haya espacio para los fans del Findelmundo. Tan fácil que sería demolerla con todos ahí dentro.

Y es que insisto, ¿de verdad son tan miserables que necesitan contemplar un espectáculo así de intenso para sentirse vivos o qué? Si es por eso, ¿por qué no se suicidan rodeados de espejos mientras en la televisión ponen alguna película catastrófica de las tantas que ya hay? El efecto sería el mismo y pondrían fin a sus emociones no vividas: verían destrucción, dolor y muerte siendo incapaces de ver cómo acaba la cosa. O algo así.

II.

Escribo esto (además de porque puedo) porque hace unos días recordé aquella vez que se me ocurrió, pendejamente, leer el Apocalipsis a los 9-10 años. El recuerdo va más o menos así:

Mi madre católica decidió inscribirme al catecismo con la intención de prepararme para mi primera comunión y yo, un güevón muy obediente en aquellos tiempos, iba puntual a mis clases todos los viernes de 6 a 8 PM en un salón demasiado tétrico que estaba en el sótano de la iglesia de la colonia. Recuerdo que iba más por intriga que por responsabilidad (por eso asistí a clases durante poco más de un año, un tiempo mayor a los 3 o 4 meses que necesitaba de preparación). La mujer encargada de predicar la palabra de Nuestro Señor™ era una anciana muy intensa y estricta: contaba todo con emoción y entusiasmo, pero se encabronaba si de repente alguien no entendía y le preguntaba por qué había tres dioses o cómo es que la virgen estaba embarazada de una paloma, etcétera. En una de esas clases, a la viejecita le tocó hablarnos del Apocalipsis y del fin de los tiempos explicando cómo uno sólo se salvaría si tenía el alma limpia y confesado y católico y rezándole a Dios y susmamadas; sin embargo, a pesar de que mencionó tragedia y destrucción, no contó con mucho detalle cómo sería el Findelmundo —y se entiende, nadie quiere espantar a una bola de chamacos idiotas con ganas de ser aceptados en el cielo—. Fue redundante hasta que dio por terminada la clase. Al final, salí del salón-tétrico lleno de miedo y pensando en cómo y cuándo llegaría esa catástrofe. La duda me duró un par de días hasta que aprendí a ignorarla. 

Tiempo después hice mi Primeracomunión y, como dicta la costumbre, me regalaron una Biblia que arrumbé durante semanas hasta que decidí (recordando mi duda miedosa) abrirla para ponerle forma y consistencia al Apocalipsis que tanto me intrigaba… Mala. Idea. Aunque no entendí gran parte de lo dicho, sí pude imaginar perfecto las partes donde se hablaba de terremotos, animales monstruosos, fuego por todas partes, sangre, hombres gigantes y etcétera. Duré con pesadillas lo que yo calculo fueron… un chingo de días. 

A lo largo de esos días de sueños grotescos, recuerdo que mi madre intentaba calmarme diciendo que no me preocupara, que si eso era cierto, probablemente nunca me tocaría vivirlo. Sabia mujer, usaba el cinismo para convencerme de no pensar pendejadas. O algo así, supongo que al final me calmé porque se me olvidó.

El tiempo hizo lo suyo y, hoy por hoy, mi percepción del Findemundo ya no es catastrófica. Me limito a pensar que será algo así como un apagón donde todo se desconectará al mismo tiempo y ya. Sin dramas, sin llantos y sin infinitas cantidades de sufrimiento, todo muerto de la peor manera: lleno de aburrimiento. 

Pero quién sabe, acepto que de vez en cuando me divierto pensando que Dios es un sádico y prefiero creerme lo que dicta la Biblia sobre el Apocalipsis. Y después me mando a dormir sin cenar a la casa del perro que no tengo.

Sea como sea, aunque los efectos especiales seguro serán una chingonada, no es algo que me gustaría vivir. No soy leyenda.

O habrá que ver.

III.

Queridos fans del Findelmundo: 
Si ya no le encuentran sentido al mundo ni a la vida, mejor mátense a la verga.
¿Y yo? Sin duda mi percepción del Findelmundo ha cambiado, pero mi miedo sigue siendo el mismo: ¿Y luego, qué?

No quiero llegar a viejo

La gente vieja me deprime. Me deprime su aspecto y la idea de saber que el cuerpo poco a poco se les está descomponiendo, así como también me angustia lo feo que debe ser vivir en cuenta regresiva. Amanecer agradeciendo (o maldiciendo) un día más de vida me parece aterrador. ¿Cómo hacen para seguir aquí sin motivo alguno? Quién sabe. Y podrán decirme que no, que pese a todo hay ancianos muy alegres y felices con la vida que llevaron, pero lo dudo mucho. Y no, el estar consciente de que todos vamos para allá no me tranquiliza en absoluto.

Digo esto porque a últimas fechas veo mucho anciano solitario por las calles. Las viejitas cargando bolsas que pesan más que su propio esqueleto, los viejos que caminan elegantemente apoyados en un bastón mientras intentan cruzar la calle con lentitud cautelosa, los ancianos vagabundeando perfumados con el olor más apestoso que pudiera existir y las abuelas que se maquillan admirando fotos antiguas de cuando eran hermosas son imágenes que, pese a no ser nada nuevas, me impresionan como antes no pasaba. Me impresionan y me deprimen. Y aunque siempre he creído que los ancianos solitarios lo son porque fueron culeros durante sus tiempos más jóvenes, eso no me ayuda a calmar la sensación extraña que siento al verlos. 

Pareciera que siento lo que siento porque me identifico en ellos, después de todo, son muchas las ocasiones en que me han dicho anciano (con eufemismos, pero anciano). Pero no. Otros dirán que le tengo miedo a la madurez y a envejecer. Éstos quizá están más cerca de lo real, ya que no le tengo miedo a envejecer, pero sí a envejecer tanto: me gustaría vivir máximo 60 años, aunque sé que moriré a los 50 (tantas borracheras son un plan maestro para conseguirlo)... Meh, ya me desvié, como de costumbre. Retomemos. 

Tanto viejo abandonado me ha hecho cuestionarme cómo alguien logra seguir existiendo a pesar de que las energías ya son tan pocas, ¿para qué hacerlo? Y no lo digo desde un punto existencialista sino desde la sorpresa que me produce que el instinto de supervivencia sea tan incorruptible. "Quiero vivir, aunque no sepa para qué, aunque ya sé que es inútil", gritan sin darse cuenta todos esos viejos que ya no tienen esperanzas en nada. Y esto no es retórico, de verdad lo he preguntado (con eufemismos, pero lo he preguntado). 

Respuestas como "pues ya para lo que voy a durar aquí, qué más da"; "a mi edad, eso qué importa"; "no sé cuánto más vaya a vivir, pero…"; y un largo etcétera me dan la razón (o no, pero me la invento a partir de ahí). Eso sí, al final todos los entrevistados llegan a la misma conclusión: les duele recordar su pasado. Supongo que a su edad recordar les tomaría más tiempo que morir. 

Y que el recuerdo les pese tanto me hace pensar que quizá por eso siguen vivos aunque les falten motivos… quieren castigarse por algo que sólo ellos saben. Pero después lo pienso mejor y creo que los entiendo un poco, entonces llego a la parte que me causa más admiración que tristeza: esperan con calma el final, quieren terminar la vida que empezaron a pesar de que nacer no haya sido decisión suya. Aquí es donde me pregunto: ¿quién se quiere morir? Nadie.

Estúpido instinto de supervivencia. Estúpidas ganas de vivir.

Ahora todos podrán creer que estoy a favor del suicidio. Para nada, sólo estoy en contra de que se viva tanto y sin motivo. Parece lo mismo, pero no lo es. 

Escribo esto mientras me viene a la mente la imagen de un viejito que mira obsesionado su reloj, como queriendo que su existencia y sus manecillas se detengan al mismo tiempo. 

¿Cómo me imagino mi vida de viejo? No la quiero tener, pero si la consigo, seré un viejo borracho y raboverde, qué más da.

P.D.: Sí, hay viejos contentos y satisfechos con su vida, pero también ésos se cuestionan si mañana amanecerán vivos. Y sigue pareciéndome angustiante.

El baño ajeno

Afuera se escuchan los golpes y gritos de una mujer que desconozco. No entiendo mucho lo que dice ni me interesa, sólo sé que le urge abrir la puerta y que sus fuertes toquidos me han despertado. Tras mil intentos, logro incorporarme un poco para averiguar dónde estoy y qué chingados pasa: otra vez caí dormido borracho en un baño ajeno. Esta vez ha sido en una bañera, qué elegante. Con la vista nublada y el mundo todavía moviéndose a mi alrededor, sigo analizando todos los rincones de ese enorme baño que hoy escogí como suite. Y ahí está Mónica (desnuda) que abraza el retrete y vomita por milésima vez mientras Luisa le detiene el cabello para que no se lo vaya a ensuciar… supongo que el cabello de la otra le importa más que su propio vestido vomitado y sumergido en el retrete que con tanto cariño abraza Mónica. Me pregunto por qué Mónica está desnuda. O mejor dicho, por qué Luisa no está desnuda también. Afuera sigue gritando la mujer histérica; adentro es ignorada. Luisa me mira y sonríe sin poder ocultar del todo la preocupación por la que vomita (Dios, qué rica está). Procedo a levantarme por fin de la tina con toda la lentitud del mundo y noto que no traigo pantalones. Qué novedad. Pero qué chingados… tengo vomitada la verga, debo dejar de pedirle a putas borrachas que me la chupen. Luisa nota mi sorpresa y se ríe un poco. Sin decir nada, me lanza una toalla para limpiarme. No la uso, en lugar de eso abro la llave de la tina y aprovecho para lavarme con agua fría. El vómito fresco en el pito me indica que no dormí tanto tiempo. Afuera sigue gritando la mujer histérica. Suelto un grito para callarla —que más bien parece ladrido— y por fin se aleja. Le pregunto a Luisa qué ha pasado, pero apenas puedo articular palabras:

¿Qqqé jaskoasd akj? Sajksh, vrgh.

Luisa no me contesta. O mejor dicho, me contesta pero no la escucho; sólo puedo ver cómo se mueven sus labios de los cuales no sale sonido alguno. Ahlaverga, hace unos minutos me despiertan los ruidos de afuera y ahora resulta que estoy sordo. Finjo entenderla perfecto para no preocuparla. Termino de lavarme y cierro la llave de la bañera. Antes de que pueda preguntárselo, Luisa me lanza mis pantalones oportunamente ocultos detrás del retrete que con tanto cariño abraza Mónica. Mientras batallo por volverme a vestir, Mónica deja de abrazar el retrete un momento, se limpia la cara con el vestido de Luisa, voltea y me mira sonriente como si fuéramos cómplices. Tiene esa mirada coqueta que ponen las putas cuando quieren que te las cojas una vez más. Me siento orgulloso, pero con un poco de asco, nunca antes me habían vomitado la verga. No que recuerde. Sigo muy borracho como para pensar en nada, así que no me molesto ya en preguntar qué pasó, lo más seguro es que los LSDs que me regaló Julián fueron el alma de la fiesta. Mónica ha dejado de vomitar, pero se ve muy cansada. Pide su ropa y Luisa la viste. Me ha empezado a doler la cabeza por la falta de alcohol y sugiero que vayamos afuera:

Hyqqqqsss lir…— digo mientras me dirijo tambaleante-pero-triunfal hacia la puerta.

Luisa me empuja tan fuerte para impedirlo que termino tumbado en el piso de mi gran baño-suite. La pobre habla y me explica —sin que yo pueda escucharla todavía— que no podemos salir, que esperemos un poco más a que Mónica se sienta mejor y a que se me baje la borrachera. Estoy tan borracho que no tengo fuerzas ni para desobedecer, así que me acomodo muy obediente en el suelo a esperar paciente e incrédulo hasta que se me baje la peda y a que la vomitavergas se sienta mejor. Mónica se arrastra hacia mí y se recuesta sobre mis piernas, me da un poco de asco, pero hace tanto que me gusta que me lo aguanto. Luisa es sin duda la más consciente de los tres, debe ser porque ella nunca se droga a pesar de lo mucho que le insisto. Me pregunto si ella también me habrá aflojado las nalgas hoy. Meh, no creo, siempre es tan responsable…

Por fin Mónica se ha quedado dormida en mis piernas y Luisa me mira con ternura, como si estuviera más preocupada por mí que por su mejor amiga. Siento que ha pasado una eternidad y ninguno de los presentes ha dicho nada. Afuera no se escucha ruido ni música, supongo que la fiesta ya terminó.

El silencio en todo el lugar es parecido al de cincuenta panteones juntos. Luisa y yo nos miramos fijamente desde hace una eternidad (ella sigue sentada junto al retrete a unos cuantos pasos de mí) y por fin me atrevo a preguntarle:

¿Prrqqq sststmrs jjjts?

Ella sólo sonríe y me mira con ternura hasta que por fin se acerca para sentarse a mi lado como hizo su amiga. Antes de apoyar su cabeza sobre mi hombro, me da un beso en la mejilla y me susurra algo. Sigo sin escuchar nada, pero sé que me ha dicho algo porque sentí su aliento cubriendo todo mi oído. Me frustra no poder escuchar lo que sea que dijo. Pasados unos minutos, pregunto por última vez si alguien quiere salir a seguir bebiendo y no recibo respuesta, así que sugiero que todos nos pongamos más cómodos para por fin dormir.

Y es así como una vez más termino borracho en un baño ajeno, con la diferencia de que en esta ocasión estoy abrazado a las dos mujeres más hermosas que he conocido en mi vida. Y lloro de alegría por el triunfo conseguido. Lloro porque estoy borracho y sé lo que es fracasar en grande. Lloro hasta quedarme dormido.

No sé cuánto tiempo ha pasado esta vez, pero tras la puerta vuelven a sonar los golpes y gritos de la mujer histérica. Tanto ruido me despierta —y me da gusto—, eso significa que no me quedé sordo. Por la ventana se asoman los primeros rayos de sol. Sin voltear a mi alrededor, sé que todo está bien y que sigo abrazado por dos mujeres hermosas, así que no hago caso a los gritos de afuera y cierro de nuevo los ojos intentando dormir.

Los golpes siguen. Grito (ladro) intentando espantar de nuevo a la histérica, pero ésta grita cada vez más fuerte y parece tener compañía, ya que a la puerta se han sumado golpes cada vez más fuertes y numerosos. Sigo sin entender lo que dicen afuera ni el porqué tanto lío por unos borrachos encerrados en el baño, pero no abro los ojos. No quiero dejar de sentirme dichoso, no quiero que nada opaque mi triunfo. Nadie puede apagarme la alegría de este momento.

No sé por qué, pero el pánico se apodera de mí rápidamente. Los golpes afuera son cada vez más fuertes y los extraños no tardan en lograr colarse. Mientras eso pasa, me aferro muy fuerte a mis dos mujeres como si de ello dependiera mi vida.

Suficiente. La puerta ha cedido y los extraños han logrado pasar. La mujer histérica entra y mira la escena en shock por unos segundos para después gritar con tanta intensidad que su lamento detiene el tiempo y ahoga todo ruido a su alrededor, es como si un millón de gargantas sufrieran un dolor enorme al mismo tiempo. Y deseo estar sordo de nuevo. Y tengo más miedo que nunca de abrir los ojos.

Venzo el miedo y por fin abro los ojos… Lo primero que veo es a la mujer gritando cerca de la puerta. Y el terror que sentía antes aumenta: estoy desnudo y no entiendo por qué. Recorro el lugar con la mirada lentamente y ahora está pintado de rojo. Me miro la verga y está llena de sangre. ¿Qué demonios pasó? No sé, pero la mujer parece que no terminará de gritar nunca.

No entiendo lo que pasa. O mejor dicho, no quiero entender lo que pasa. Estoy en shock. Desnudo y en shock. Mónica está muerta junto al retrete, asfixiada con mis pantalones hechos nudo en su cuello. ¿Y Luisa? Luisa parece estar dormida en la bañera, con la pequeña diferencia de que tiene una toalla en la cara y el agua es toda roja.

Ahora entiendo por qué la histérica se lamenta con tanta fuerza, cualquier madre lo haría si viera a sus hijas muertas.

¿Y yo? Yo, nunca estuve sordo. Nunca estuve vomitado. Pero igual triunfé.

Todos creen

Todos creen que no lo sé.

Todos creen que no me doy cuenta. Que no percibo sus miradas y que no escucho sus comentarios burlones cuando paso frente a ellos. Que no me importa.

Todos creen que no lo sé.

Piensan, supongo, que no tengo un espejo en mi casa. Y que si lo tengo, seguramente nunca escucho lo que tiene que decirme.

Todos creen que no lo sé.

Asumen, supongo, que no estoy consciente del asco que soy capaz de provocar, de las risas que soy capaz de producir. O del miedo que represento para todas esas personas conservadoras y defensoras de las buenas costumbres.

Todos creen que no lo sé.

Juzgan, estoy seguro, mi manera de vestir, el modo en que camino y el horrible nombre que tengo… En resumen, les molesta mi personalidad y mi forma entera de vida.

Todos creen que no lo sé.
Y son ingenuos. 

Les gusta criticar creyendo que ven cosas que no percibo por mi cuenta, pero no saben que todo eso que critican de mí ya lo sé. No saben que tengo un espejo que me habla con toda la honestidad del mundo; que sé que soy asqueroso; que sé que mi ropa es horrible y mis zapatos incómodos; que sé que mi nombre es un cliché asqueroso y que mi vida no es algo digno de ser admirado sino todo lo contrario.

Todos creen que no lo sé. Pero la realidad es que no saben nada.

No saben que me sé masculino. Que me sé moreno, ignorante y habitante de una colonia horrible. Que me sé feo. No entienden por qué me teñí el pelo rubio ni por qué finjo ser algo que no soy. 

Todos creen que no lo sé.

Critican, desde una postura absurda, mi apariencia. 
Juzgan todo sin saber que cada vez que me miro al espejo —con mi cuerpo de hombre, mi pelo rubio, mis movimientos bruscos tratando de ser femeninos y mis tacones que aún no aprendo a usar— siento una necesidad de ser bonita de verdad. De ser deseada.

Todos creen que no lo sé.
Pero lo sé. 

Lo que no saben es que estoy consciente de ello. Que cada vez que me miro al espejo veo algo horrible y despreciable. Que cada mirada al espejo me hace sentir miserable.

Todos creen que no lo sé.

Y los que no saben son ellos. No saben lo que es sentirse hermosa a pesar de tener una aparienca horrible.

Todos creen que no lo sé.

Pero lo sé. Y por eso hago lo que hago: me disfrazo de mujer sabiendo que nunca seré hermosa. Me miro al espejo y disfruto sabiendo que el asco que siento estando disfrazado nunca será tan grande como el asco que siento cuando me miro como lo que soy realmente. 

Y maldigo a mi padre. Y maldigo a mi madre. Y al final lloro, porque sin ellos nunca habría sido capaz de sentir la euforia que nace del saberse disfrazado.

Todos creen que no lo sé.

Pero lo sé.

Por eso disfruto mintiendo. Por eso río mientras lloro. Por eso disfruto que todos crean que no lo sé.

Sigan creyendo que no lo sé.

Thalía

Ahorcado

Toda mi vida, que quizá no es mucha, me he esforzado por ser lo que se espera de mí. He sido, creo, un buen hijo, buen hermano y buen estudiante —me imagino que habrá también quien piense que soy buen amante. 

Desde niño se me educó para ser el mejor, para no rendirme ante nada y demostrar todo el tiempo mi capacidad. Al principio me era fácil obedecer: tareas, exámenes y prácticas de lo que fuera. Me era fácil, supongo, porque asumía que era lo normal, porque no conocía ninguna otra forma de ser. Podría decir que hasta lo disfrutaba (¿quién no disfruta que le aplaudan en tal o cual ceremonia, o sentir la envidia del resto de los idiotas del salón llamándote ñoño, o que le repitan hasta el cansancio el orgullo que produce a los demás?). Y más aún cuando nunca fue difícil para mí cumplir con las labores escolares; me resultaba muy sencillo sacar buenas calificaciones sin tener que estudiar todo el día anterior como el resto de los idiotas de mi salón. Quién sabe.

Y todo iba bien, pero con el paso del tiempo ya no sólo se trataba de sacar buenas calificaciones: comencé a tragarme el concepto de que sin una buena carrera o un título universitario las cosas serían más difíciles. Llegó el estar consciente de las carencias y el nivel de pobreza que se escondía por mi casa, llegó el entender por qué a todo el mundo se le inflaba el pecho con la simple idea de que fuera un buen estudiante. Llegó el asimilar que provengo de una familia de fracasados e inútiles, pues… Es decir, por fin uno entiende lo que significa un: "nos tienes que sacar adelante". Y lo peor, uno se lo cree y termina aceptando la deuda que tiene con la familia. "Oh, sí, lo haré por mis padres, que tanto han sufrido...". 

Total, así es como uno se encuentra motivado por razones que no son propias sino inculcadas. Recuerdo que la imagen de mis padres cansados y desilusionados porque ninguno de mis hermanos ha sido capaz de hacer algo de provecho con sus vidas me hacía querer cumplir con mis labores. Y es que mis tareas ya no eran tan simples como las de la primaria y mis exámenes eran cada vez más complejos. Dormía poco y estudiaba mucho. Ah, la casita de mi mamá. Ah, el cochecito para mi papá. Hermanos hijosdeputa, no sé quién dijo que ser el menor era una bendición.

Y me gradué con honores. Y mis padres lloraron en la ceremonia. Y conseguí un buen trabajo. Y la casita de mi mamá. Y el coche para mi papá. Y los hermanos que no dejan de pedir dinero prestado. Y etcétera.

Sin embargo, no culpo a mis padres ni a mi familia; después de todo, el hambre hace que uno aspire con más fuerza las cosas que nunca ha conocido y que todo el mundo cree que son buenas. Lo irónico es que pasado el tiempo uno también se vuelve ambicioso y ya no se esfuerza por la familia sino por las putas, el dinero y los lujos. Porque no hay nada más hermoso que olvidar la humildad y vivir acariciándose el ego. Porque en el fondo tanto esfuerzo da como fruto el poder y la superioridad. Porque es hermoso estar en los zapatos de quienes alguna vez te humillaron. Porque eres débil y crees que sólo los idiotas mantienen los pies en la tierra.

Hoy miro mi reflejo frente al espejo y me pregunto para qué quiero todo lo anterior: el trabajo bien pagado, el carro deportivo envidiable, la mujer hermosa y la casa perfecta. ¿Cuánto de todo lo que tengo vale la pena? Me he convertido en un autómata; todo lo que tengo se lo debo a que asumí heroico mi papel de hombre perfecto. La sociedad me ha programado demasiado bien, digo. Soy el peor de los clichés. 

Siento asco. Ah, pero mira qué guapo te ves con ese traje y tu corbata, ¿no crees que el nudo está un poco flojo? Apriétalo bien. Más. Más. Más. 

Perfecto, siempre quise ser trapecista.

Descanse en paz

Llevas rodando sobre tu propio eje en la cama durante lo que parece una eternidad. Has dado alrededor de milquinientasochentaycuatro vueltas y ya es justo aceptar lo que era oficial desde la veinteava: no puedes dormir. Te incorporas un poco y decides quedarte mirando al techo para buscar en él nuevas formas que has encontrado ya un millón de veces por culpa de otro millón de veces sin poder dormir. Aparecen los mismos ojos, las mismas formas y las mismas preguntas. Aparecen los aromas, las voces y las canciones olvidadas. Aparece lo que muchos conocen como olvido. Ahquélaverga.

Repasas cada uno de los recuerdos que te atacan y sientes, poco a poco, que algo presiona tu cerebro como si quisiera exprimirlo con la intención de provocar un colapso. No sabes si es a causa del estrés o si se trata de un pisotón proveniente de aquel dios en quien no crees. Quién sabe, pero igual te persignas.

Lees, revisas todo lo que se puede revisar en internet, comes algo, tomas agua, ves televisión, escuchas música, escribes (o tratas), dibujas (cosa que haces poco, y bastante mal)… Intentas todo, pero terminas jalándotela como si no hubiera mañana. Agradeces a Sasha Grey. Parece funcionar. Sientes que por fin te llega el sueño y vuelves a tu cama con aire victorioso. Te acomodas tras una segunda vuelta sobre tu propio eje, bostezas, sonríes y… de la nada, vuelve a llorar el chingado bebé de la puta de tu vecina. Quéganasdemorderteungüevo.

Te levantas desesperado de la cama y te diriges hacia el lugar donde amontonas tus libros. Revisas con calma uno por uno intentando encontrar el que consideras más aburrido para ver si así. Y entonces lees y lees algún tratado sobre por qué al cagar uno siempre termina orinando aunque no tenga ganas de hacerlo. No entiendes nada, pero los bostezos por fin van llegando. No sabes si moverte de lugar o quedarte ahí hasta que tu cuerpo aguante, después de todo, el sillón donde te encuentras no es tan incómodo. Un cabeceo. Dos cabeceos. Sigues leyendo, obligándote a mantener los ojos abiertos y empujando el sueño lo más que se pueda. Tercer cabeceo y por fin te quedas dormido. Genial, gran victoria: te has quedado dormido —mal acomodado, pero dormido—. Un minuto de sueño. Dos. Tres… Cinco… Chinnngatumadre, acabas de soltar el libro y el ruido de éste al chocar contra el piso te despierta. Quealguienteavienteuncerilloalglande.

Ves el reloj y descubres que lo que considerabas una eternidad en realidad sólo han sido un par de horas, quizá tres; tienes cuatro o cinco más antes de tener que irte a trabajar. En este punto, tu desesperación ya es enorme: tienes mucho sueño, te pesan los párpados, bostezas cada cinco segundos y sientes un cansancio que te hace sentir que es imposible mover cualquier músculo; sin embargo, en cuanto intentas cerrar los ojos para descansar, algo pasa y no puedes dormir. Pero no te rindes, lo intentas de nuevo.

De vuelta en tu cama, envuelto de mil maneras y en posición fetal, te prometes que —ahora sí— nada detendrá tu misión de dormir. Vuelta para un lado, vuelta para el otro. Un bostezo. Dos. Los párpados parecen cerrarse solos. Venga, lo estás logrando… Oh, no... Nononono... Sí, por fin el agua hizo efecto y las ganas de mear te atacan como nunca. Consideras por un momento el mearte encima, pero la idea de lavar las cobijas y el colchón termina por darte la güeva suficiente para quitarte la güeva de ir al baño. Ganó el pene. Otra vez. 

En el baño ya ni te molestas en prender la luz, te sueltas a orinar a oscuras y calculando, como los ciegos. Y te meas el pie derecho. Te emputas, pero ya ni energía tienes para maldecir, sólo te quitas el calcetín y lo avientas al cesto de basura. 

Vuelves, por millonésima vez, a tu cama. Ya te has resignado. Esta vez no tienes planes ni promesas, nomás te tiras sobre el colchón y esperas la muerte. Piensas y piensas. De nuevo recuerdas gente, momentos y lugares. Sigues pensando y sintiendo cómo el cuerpo deja de responder (o sea, dejando de sentir el cuerpo). Tras una eternidad, poco a poco el cansancio comienza a hacer efecto y te cierra los ojos. La paz te invade. Tu respiración por fin se está calmando. Ah, lo estás logrando… 

Bzzzz… Bzzzz… Bzzzz… 

Sí, tu vida es un cliché y los mosquitos vinieron al mundo para recordártelo. Chingadamadre.

¡Bang!, por fin encontraste aquella pistola que fue de tu padre y que no sabías dónde habías escondido.
Descanse en paz. Y en el bang de todas las pistolas.

P.D.: Tal vez no sea el mejor momento, pero debo recordarte que nadie reclamó tu cuerpo. Descansarás en una fosa común.

Melodías personales

De repente pareciera que la gente llega a tu vida para demostrarte que puedes seguir sin ellas, o para comprobarse a sí mismas lo inútiles que son para los demás. ¿Es tan difícil aceptar la soledad como todos hacen creer? Me niego a creerlo, la verdad.

Pienso, por ejemplo, en todas las muñecas decapitadas que tuve durante mi infancia. No eran así porque fuéramos pobres y las recogiera de la basura para jugar con ellas; eran así porque encontraba divertido verlas sin cabeza pero vestidas de modo elegante a la espera de que alguien las sacara a bailar (o yo a jugar, lo que sucediera primero). A veces disfrutaba intercambiándoles la cabeza y admirando su intercambio de personalidades; sin embargo, la mayoría del tiempo prefería verlas decapitadas y platicando entre sí, aun cuando entendía que sin cabeza nadie habla. O eso creía entonces. Recuerdo a mi madre diciéndome lo bonitas y costosas que habían sido y lo malagradecida que yo era por no saber apreciar semejantes cualidades en un producto de plástico. "Muchas niñas quisieran tener por lo menos una, aunque fuera usada", me decía. Yo no le decía nada, pensaba que quizá algún día terminaría por entender que no le tocó tener una hija que compartiera los mismos sueños y deseos que ella tuvo en su infancia. Nunca pasó. Más tarde entendí que mi madre sólo buscaba satisfacer sus carencias como parte del viejo cliché quiero que tengas lo que yo nunca tuve, por eso nunca le dije lo mucho que odiaba las muñecas que me regalaba y las ganas que tenía de prenderles fuego (tal y como hacía con todo tipo de insectos que me encontraba en el jardín). Me gustaba la ilusión de sentir que no soy tan egoísta.

Supongo así es con todas las personas, de ahí mi ejemplo: todas buscan ser relucientes, bonitas y perfectas, ser suficientes para que alguien más acepte compartir buenos momentos con ellas. La misma esperanza que buscaba simbolizar mi madre regalándome muñecas es lo que todos quieren para sí. Yo no tengo interés en eso, a mí simplemente me interesa ver cómo andan muchos por la vida: decapitados y sin darse cuenta. Como mis muñecas. Eso me mantiene tranquila al saberme imperfecta.

Por eso decidí ser enfermera, supongo (otra vez). La idea de estar rodeada de gente agonizando me resulta un poco paliativa ante el deseo de ver al mundo decapitado (conmigo como su verdugo, claro está). Mi labor favorita es la de ayudar y servir a los pacientes con enfermedades terminales. Piénsalo, ¿acaso no  es sorprendente que alguien se preocupe por no cagarse en la cama o por tener una almohada más cómoda cuando su muerte ya quedó más que firmada? Pero eso es lo de menos, me alegra la idea de ayudar a un ser moribundo a seguir viviendo: prolongar su dolor con autorización me resulta placentero, nunca antes hubiera creído lo tolerantes y masoquistas que son algunos ante la tortura. El dolor ajeno me dibuja sonrisas que luego no sé cómo explicarle a los pacientes que se supone estoy tratando de ayudar a sentirse mejor, qué le voy a hacer.

Otra cosa que da risa es escuchar a todos lamentando cómo no han hecho nada con sus vidas y lo arrepentidos que están ante haber desaprovechado el mundo. Los deseos de reconciliarse con un Dios que, de existir, seguro también disfruta el dolor ajeno. Carajo, no hay peor hubiera que los de un moribundo. La búsqueda de comprensión y compasión es todo un espectáculo. Les digo que no piensen en eso, que ser un perdedor no es tan malo como todos lo pintan. Y es que siempre las ganas de vivir me han resultado repugnantes. ¿Que entonces qué hago aquí? Me divierto viendo cómo cada vez hay más decapitados al mismo tiempo que intento vencer a mi ego en la lucha por concederme el suicidio.

A decir verdad, nunca he tenido grandes aspiraciones. De niña, junto con la obsesión porque adquiriera el gusto de jugar con muñecas, a mis padres les dio por inscribirme a clases de piano. De todo lo que me obligaban a hacer excusados por las ganas de que no me faltara nada, tocar el piano era lo único que realmente me gustaba. Nunca lo supieron. No sabían que, además de mis clases, cada vez que me quedaba sola en casa tocaba y tocaba más de lo que mis dedos y su dolor permitían. Siempre creyeron que era buena y ya, nunca busqué que pensaran nada más; creo que en cuanto el resto sabe lo mucho que te gusta algo, hacen hasta lo imposible porque trates de explotarlo y entonces terminas perdiéndole el gusto. Por eso elegí una profesión simple que me permite tocar todo el tiempo que quiera sin sentirme comprometida con nada. Por eso no soy lo que los demás esperaban de mí. 

La razón por la cual disfruto tanto tocando el piano es porque no conozco mejor manera para resolver la tristeza. Creo que interpretar una bella melodía es la única forma decente de compartir un sentimiento, sobre todo uno tan especial, por eso no entiendo a esas personas que son capaces de contarle al otro lo triste que se sienten o lo mal que les está yendo en busca de un consuelo. Como si eso resolviera nada. Siempre he pensado que es mejor tomar cualquier mal sentimiento por la fuerza y someterlo, convertirlo en un sonido grato y placentero. En mi caso, la tristeza es el sentimiento más íntimo que conozco. Compartirla me parece un acto de cobardía y abuso de confianza, por eso siempre toco sólo para mí.

Hoy no creo que necesite más compañía que mi piano, mis manos y mis oídos. No necesito a nadie para hacerme compañía o para compartir qué tal estuvo mi día, me es suficiente cerrar los ojos y dejar que mis dedos hagan el resto. De ahí que las personas me parezcan desechables. De ahí que el sexo nunca me resulte satisfactorio. De ahí que nunca, según los que saben, dejaré de tocar melodías tristes. Soy sola. Y mi piano, claro.

Al final, creo que vivimos según la manera en la que queremos rellenar nuestras tumbas. Somos cementerios andantes, me dijo alguien alguna vez.

Y si lo anterior es cierto, prefiero mantener mi tumba lo más vacía posible. Sólo quiero que haya espacio suficiente para mi piano y las cabezas de mis decapitados favoritos.

Habrá que ver, tal vez sólo sea necesario que me entierren sin ego.

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F.

*Parte de los relatos de quienes no existen.

Siempre es tarde

A estas alturas ya no es novedad confesar que nunca he sido bueno en asuntos del querer. Aún así, sigo sorprendiéndome cada vez que vuelvo a comprobar lo poco apto que resulto para las relaciones, y lo peor es que no me preocupa tanto como se supone que debería (según la gente que me rodea). Me vale un poco verga, pues. 

Esta semana me terminó de mandar a la chingada una persona demasiado importante para mí. Sus argumentos: mi egoísmo y mi incapacidad para demostrar nada. Y tiene razón. Me habría gustado gritarle que no se fuera, que todo iba a estar bien, pero al final los güevos hacen lo que consideran mejor, supongo. Adiós. Y es que resulta que sí quiero a la gente, pero nunca más que a mí. Tengo la soledad mal proporcionada, digamos (toda es para mí y no sé compartirla); no sé mantener a las personas conmigo, me da por pensar que cualquier gesto amable es suficiente. Y resulta que no. Y qué pena, porque no sé dar más.

Hoy vienen a mi mente los recuerdos que fueron y que no serán con ella. Me pregunto sobre el cómo habría sido la cosa si no le tuviera miedo al compromiso o si nomás se me quitara lo mamón, o si pudiera arreglar cualquiera de esas cosas que ella piensa que hago adrede. Pero ya pa' qué. Después de todo, tampoco se puede ignorar lo molesto que resulta que la gente no comprenda el esfuerzo que cuesta demostrar eso que les parece tan poquito (pero que para uno es muchísimo).

Pienso y bebo. Bebo más y luego intento pensar de nuevo, pero hasta ahora sólo viene a mi cabeza una frase que me dijeron hace tiempo: 
Tú no sabes querer. No puedes querer a nadie que no sea tú.
Entonces reí y me burlé de lo absurda que parecía esa declaración; hoy descubro que ni con alcohol puedo seguir ignorando lo mucho que disfruto haciéndome pendejo.

Para decir que no me preocupa, resulta que ya me contradije y parece que al final sí me preocupa no saber conservar a la gente. Aquí debo aclarar que no sufro, sólo intento descifrar por qué alguien pensaría que soy un culerodemierda cuando, según yo, nunca he sido malo con ella. Me intriga mucho saber cómo es posible lastimar tanto (según sus palabras) sin la intención de hacerlo. "Dios me construyó sin instructivo", concluyo nomás para dejar de estar chingando. 

Lo peor es que ya es muy tarde —siempre es tarde— para averiguar nada, seguro lo descubriré en la siguiente relación que eche a perder. O en la que sigue. O tras mi decimonoveno divorcio, qué se yo. Menos mal que hace mucho aprendí a estar solo, porque parece que la respuesta milagrosa que necesito tardará mucho en llegar.

En fin, mientras todo pasa, acaricio la idea de viajar en un barco a la deriva nomás para comprobar que de todos modos llegamos a donde queremos llegar. Aunque lo más seguro es que quién sabe.

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Sí, yo también creo que tanto whisky barato me está haciendo daño. "Pero qué le voy a hacer".

P.D.: Escribí una mitad borracho y otra mitad sobrio. Bendito exhibicionismo.