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Melodías personales

De repente pareciera que la gente llega a tu vida para demostrarte que puedes seguir sin ellas, o para comprobarse a sí mismas lo inútiles que son para los demás. ¿Es tan difícil aceptar la soledad como todos hacen creer? Me niego a creerlo, la verdad.

Pienso, por ejemplo, en todas las muñecas decapitadas que tuve durante mi infancia. No eran así porque fuéramos pobres y las recogiera de la basura para jugar con ellas; eran así porque encontraba divertido verlas sin cabeza pero vestidas de modo elegante a la espera de que alguien las sacara a bailar (o yo a jugar, lo que sucediera primero). A veces disfrutaba intercambiándoles la cabeza y admirando su intercambio de personalidades; sin embargo, la mayoría del tiempo prefería verlas decapitadas y platicando entre sí, aun cuando entendía que sin cabeza nadie habla. O eso creía entonces. Recuerdo a mi madre diciéndome lo bonitas y costosas que habían sido y lo malagradecida que yo era por no saber apreciar semejantes cualidades en un producto de plástico. "Muchas niñas quisieran tener por lo menos una, aunque fuera usada", me decía. Yo no le decía nada, pensaba que quizá algún día terminaría por entender que no le tocó tener una hija que compartiera los mismos sueños y deseos que ella tuvo en su infancia. Nunca pasó. Más tarde entendí que mi madre sólo buscaba satisfacer sus carencias como parte del viejo cliché quiero que tengas lo que yo nunca tuve, por eso nunca le dije lo mucho que odiaba las muñecas que me regalaba y las ganas que tenía de prenderles fuego (tal y como hacía con todo tipo de insectos que me encontraba en el jardín). Me gustaba la ilusión de sentir que no soy tan egoísta.

Supongo así es con todas las personas, de ahí mi ejemplo: todas buscan ser relucientes, bonitas y perfectas, ser suficientes para que alguien más acepte compartir buenos momentos con ellas. La misma esperanza que buscaba simbolizar mi madre regalándome muñecas es lo que todos quieren para sí. Yo no tengo interés en eso, a mí simplemente me interesa ver cómo andan muchos por la vida: decapitados y sin darse cuenta. Como mis muñecas. Eso me mantiene tranquila al saberme imperfecta.

Por eso decidí ser enfermera, supongo (otra vez). La idea de estar rodeada de gente agonizando me resulta un poco paliativa ante el deseo de ver al mundo decapitado (conmigo como su verdugo, claro está). Mi labor favorita es la de ayudar y servir a los pacientes con enfermedades terminales. Piénsalo, ¿acaso no  es sorprendente que alguien se preocupe por no cagarse en la cama o por tener una almohada más cómoda cuando su muerte ya quedó más que firmada? Pero eso es lo de menos, me alegra la idea de ayudar a un ser moribundo a seguir viviendo: prolongar su dolor con autorización me resulta placentero, nunca antes hubiera creído lo tolerantes y masoquistas que son algunos ante la tortura. El dolor ajeno me dibuja sonrisas que luego no sé cómo explicarle a los pacientes que se supone estoy tratando de ayudar a sentirse mejor, qué le voy a hacer.

Otra cosa que da risa es escuchar a todos lamentando cómo no han hecho nada con sus vidas y lo arrepentidos que están ante haber desaprovechado el mundo. Los deseos de reconciliarse con un Dios que, de existir, seguro también disfruta el dolor ajeno. Carajo, no hay peor hubiera que los de un moribundo. La búsqueda de comprensión y compasión es todo un espectáculo. Les digo que no piensen en eso, que ser un perdedor no es tan malo como todos lo pintan. Y es que siempre las ganas de vivir me han resultado repugnantes. ¿Que entonces qué hago aquí? Me divierto viendo cómo cada vez hay más decapitados al mismo tiempo que intento vencer a mi ego en la lucha por concederme el suicidio.

A decir verdad, nunca he tenido grandes aspiraciones. De niña, junto con la obsesión porque adquiriera el gusto de jugar con muñecas, a mis padres les dio por inscribirme a clases de piano. De todo lo que me obligaban a hacer excusados por las ganas de que no me faltara nada, tocar el piano era lo único que realmente me gustaba. Nunca lo supieron. No sabían que, además de mis clases, cada vez que me quedaba sola en casa tocaba y tocaba más de lo que mis dedos y su dolor permitían. Siempre creyeron que era buena y ya, nunca busqué que pensaran nada más; creo que en cuanto el resto sabe lo mucho que te gusta algo, hacen hasta lo imposible porque trates de explotarlo y entonces terminas perdiéndole el gusto. Por eso elegí una profesión simple que me permite tocar todo el tiempo que quiera sin sentirme comprometida con nada. Por eso no soy lo que los demás esperaban de mí. 

La razón por la cual disfruto tanto tocando el piano es porque no conozco mejor manera para resolver la tristeza. Creo que interpretar una bella melodía es la única forma decente de compartir un sentimiento, sobre todo uno tan especial, por eso no entiendo a esas personas que son capaces de contarle al otro lo triste que se sienten o lo mal que les está yendo en busca de un consuelo. Como si eso resolviera nada. Siempre he pensado que es mejor tomar cualquier mal sentimiento por la fuerza y someterlo, convertirlo en un sonido grato y placentero. En mi caso, la tristeza es el sentimiento más íntimo que conozco. Compartirla me parece un acto de cobardía y abuso de confianza, por eso siempre toco sólo para mí.

Hoy no creo que necesite más compañía que mi piano, mis manos y mis oídos. No necesito a nadie para hacerme compañía o para compartir qué tal estuvo mi día, me es suficiente cerrar los ojos y dejar que mis dedos hagan el resto. De ahí que las personas me parezcan desechables. De ahí que el sexo nunca me resulte satisfactorio. De ahí que nunca, según los que saben, dejaré de tocar melodías tristes. Soy sola. Y mi piano, claro.

Al final, creo que vivimos según la manera en la que queremos rellenar nuestras tumbas. Somos cementerios andantes, me dijo alguien alguna vez.

Y si lo anterior es cierto, prefiero mantener mi tumba lo más vacía posible. Sólo quiero que haya espacio suficiente para mi piano y las cabezas de mis decapitados favoritos.

Habrá que ver, tal vez sólo sea necesario que me entierren sin ego.

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F.

*Parte de los relatos de quienes no existen.