Archive for junio 2012

Todos creen

Todos creen que no lo sé.

Todos creen que no me doy cuenta. Que no percibo sus miradas y que no escucho sus comentarios burlones cuando paso frente a ellos. Que no me importa.

Todos creen que no lo sé.

Piensan, supongo, que no tengo un espejo en mi casa. Y que si lo tengo, seguramente nunca escucho lo que tiene que decirme.

Todos creen que no lo sé.

Asumen, supongo, que no estoy consciente del asco que soy capaz de provocar, de las risas que soy capaz de producir. O del miedo que represento para todas esas personas conservadoras y defensoras de las buenas costumbres.

Todos creen que no lo sé.

Juzgan, estoy seguro, mi manera de vestir, el modo en que camino y el horrible nombre que tengo… En resumen, les molesta mi personalidad y mi forma entera de vida.

Todos creen que no lo sé.
Y son ingenuos. 

Les gusta criticar creyendo que ven cosas que no percibo por mi cuenta, pero no saben que todo eso que critican de mí ya lo sé. No saben que tengo un espejo que me habla con toda la honestidad del mundo; que sé que soy asqueroso; que sé que mi ropa es horrible y mis zapatos incómodos; que sé que mi nombre es un cliché asqueroso y que mi vida no es algo digno de ser admirado sino todo lo contrario.

Todos creen que no lo sé. Pero la realidad es que no saben nada.

No saben que me sé masculino. Que me sé moreno, ignorante y habitante de una colonia horrible. Que me sé feo. No entienden por qué me teñí el pelo rubio ni por qué finjo ser algo que no soy. 

Todos creen que no lo sé.

Critican, desde una postura absurda, mi apariencia. 
Juzgan todo sin saber que cada vez que me miro al espejo —con mi cuerpo de hombre, mi pelo rubio, mis movimientos bruscos tratando de ser femeninos y mis tacones que aún no aprendo a usar— siento una necesidad de ser bonita de verdad. De ser deseada.

Todos creen que no lo sé.
Pero lo sé. 

Lo que no saben es que estoy consciente de ello. Que cada vez que me miro al espejo veo algo horrible y despreciable. Que cada mirada al espejo me hace sentir miserable.

Todos creen que no lo sé.

Y los que no saben son ellos. No saben lo que es sentirse hermosa a pesar de tener una aparienca horrible.

Todos creen que no lo sé.

Pero lo sé. Y por eso hago lo que hago: me disfrazo de mujer sabiendo que nunca seré hermosa. Me miro al espejo y disfruto sabiendo que el asco que siento estando disfrazado nunca será tan grande como el asco que siento cuando me miro como lo que soy realmente. 

Y maldigo a mi padre. Y maldigo a mi madre. Y al final lloro, porque sin ellos nunca habría sido capaz de sentir la euforia que nace del saberse disfrazado.

Todos creen que no lo sé.

Pero lo sé.

Por eso disfruto mintiendo. Por eso río mientras lloro. Por eso disfruto que todos crean que no lo sé.

Sigan creyendo que no lo sé.

Thalía

Ahorcado

Toda mi vida, que quizá no es mucha, me he esforzado por ser lo que se espera de mí. He sido, creo, un buen hijo, buen hermano y buen estudiante —me imagino que habrá también quien piense que soy buen amante. 

Desde niño se me educó para ser el mejor, para no rendirme ante nada y demostrar todo el tiempo mi capacidad. Al principio me era fácil obedecer: tareas, exámenes y prácticas de lo que fuera. Me era fácil, supongo, porque asumía que era lo normal, porque no conocía ninguna otra forma de ser. Podría decir que hasta lo disfrutaba (¿quién no disfruta que le aplaudan en tal o cual ceremonia, o sentir la envidia del resto de los idiotas del salón llamándote ñoño, o que le repitan hasta el cansancio el orgullo que produce a los demás?). Y más aún cuando nunca fue difícil para mí cumplir con las labores escolares; me resultaba muy sencillo sacar buenas calificaciones sin tener que estudiar todo el día anterior como el resto de los idiotas de mi salón. Quién sabe.

Y todo iba bien, pero con el paso del tiempo ya no sólo se trataba de sacar buenas calificaciones: comencé a tragarme el concepto de que sin una buena carrera o un título universitario las cosas serían más difíciles. Llegó el estar consciente de las carencias y el nivel de pobreza que se escondía por mi casa, llegó el entender por qué a todo el mundo se le inflaba el pecho con la simple idea de que fuera un buen estudiante. Llegó el asimilar que provengo de una familia de fracasados e inútiles, pues… Es decir, por fin uno entiende lo que significa un: "nos tienes que sacar adelante". Y lo peor, uno se lo cree y termina aceptando la deuda que tiene con la familia. "Oh, sí, lo haré por mis padres, que tanto han sufrido...". 

Total, así es como uno se encuentra motivado por razones que no son propias sino inculcadas. Recuerdo que la imagen de mis padres cansados y desilusionados porque ninguno de mis hermanos ha sido capaz de hacer algo de provecho con sus vidas me hacía querer cumplir con mis labores. Y es que mis tareas ya no eran tan simples como las de la primaria y mis exámenes eran cada vez más complejos. Dormía poco y estudiaba mucho. Ah, la casita de mi mamá. Ah, el cochecito para mi papá. Hermanos hijosdeputa, no sé quién dijo que ser el menor era una bendición.

Y me gradué con honores. Y mis padres lloraron en la ceremonia. Y conseguí un buen trabajo. Y la casita de mi mamá. Y el coche para mi papá. Y los hermanos que no dejan de pedir dinero prestado. Y etcétera.

Sin embargo, no culpo a mis padres ni a mi familia; después de todo, el hambre hace que uno aspire con más fuerza las cosas que nunca ha conocido y que todo el mundo cree que son buenas. Lo irónico es que pasado el tiempo uno también se vuelve ambicioso y ya no se esfuerza por la familia sino por las putas, el dinero y los lujos. Porque no hay nada más hermoso que olvidar la humildad y vivir acariciándose el ego. Porque en el fondo tanto esfuerzo da como fruto el poder y la superioridad. Porque es hermoso estar en los zapatos de quienes alguna vez te humillaron. Porque eres débil y crees que sólo los idiotas mantienen los pies en la tierra.

Hoy miro mi reflejo frente al espejo y me pregunto para qué quiero todo lo anterior: el trabajo bien pagado, el carro deportivo envidiable, la mujer hermosa y la casa perfecta. ¿Cuánto de todo lo que tengo vale la pena? Me he convertido en un autómata; todo lo que tengo se lo debo a que asumí heroico mi papel de hombre perfecto. La sociedad me ha programado demasiado bien, digo. Soy el peor de los clichés. 

Siento asco. Ah, pero mira qué guapo te ves con ese traje y tu corbata, ¿no crees que el nudo está un poco flojo? Apriétalo bien. Más. Más. Más. 

Perfecto, siempre quise ser trapecista.