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La vejez puede ser una mentira hermosa

Hoy desperté deseando llegar a viejo (algo que nunca creí posible desear). Y más que sorprenderme, supongo que me dio gusto. Sin motivo aparente me nacieron las ganas de avanzar los años, mirar hacia atrás, sentir mis achaques, reconocerlos en su totalidad y recordar cómo es que me hice acreedor de cada uno: desde las arrugas en mi rostro hasta el dolor a causa de mis excesos.

Nunca he sido sociable, pero hoy también me dio por pensar en las personas que conozco y en cuántas vale la pena seguir conociendo. Conté incluso a las que conoceré —uno siempre sabe el tipo de gente que le interesa conocer—. Concluí que terminaré sin conocer a nadie: solo, pero contento.

Imaginé el inmenso hueco en mi cuenta bancaria por el mal control financiero y las pésimas decisiones de inversión. Consideré el hecho de ser un millonario en bancarrota.

Después de un rato mendigando imaginación para un futuro más lejos que ninguno, me visualicé viudo, sin hijos y con alzheimer. Y pensarme con alzheimer me hizo sonreír. Sin memoria, podría tener un tesoro nuevo todo el tiempo; una vida en donde la gente me inventase mentiras geniales con tal de hacerme sentir que mi vida rindió frutos.

Ahora sólo quiero construirme una historia genial diaria. Algo que sea real para cuando me la cuenten en mi vejez con tal de hacerme sonreír.

"Eres el nadie de tu propio destino."

Cada vez que escucho a algún idiota predicar que uno es dueño de su propia vida y amo de su destino, me imagino a Dios riéndose a carcajadas desde su mecedora tragando cheetos mientras planea su próxima chingadera.

Entiendo muy bien que uno es el resultado de sus decisiones, esfuerzo y blablablah, pero ojalá eso fuera suficiente blindaje ante la estupidez ajena o todo lo culero que pasa de pronto sin explicación alguna. De otra forma, no entiendo cómo puede existir tanta gente muriéndose en el África. ¿Será que no se adueñaron de su destino a tiempo o que lo escogieron así desde antes de nacer? No sé. Pero bueno, esto tampoco supone que uno deba quedarse sin hacer nada esperando que la vida te pase de largo.

Me contradigo y no, ya sé. Sin embargo, tengo razón las dos veces.

Desde mi catastrófico punto de vista, uno nunca reina su destino: lo acepta —si quiere— y después intenta moldearlo a su manera. Es entonces que uno elige de quién enamorarse, a qué dedicarse o cómo vivir. O eso cree, porque una vez que decides de quién enamorarte, a qué dedicarte o cómo vivir, falta lo más importante: que te correspondan, que seas apto para lo que quieres hacer y que te alcance para vivir como quieres. Lo que se traduce en que tu vida es tuya, pero depende de todo lo demás.

"Es cosa de no rendirse", dirán muchos. Pues sí, de tanto patalear eventualmente uno termina aprendiendo a nadar, y eso está muy lejos de convertirte en dueño de tu vida. Porque hay cosas que no tienes por qué soportar y que puedes cambiar, pero hay muchas otras que soportas sin darte cuenta; básicamente, porque si no entonces no estás moldeando nada.

Y si a estas alturas sigue existiendo un optimista incrédulo confiando en que su vida es suya y su destino controlado por él, que me explique, por favor, cómo es que hay tanta gente muriendo en guerras ajenas, en aviones desaparecidos o en accidentes causados por irresponsabilidad de otros. O más fácil: que me expliquen cómo una madre decide que su hijo nazca muerto o discapacitado. O más fácil aún: que me expliquen cómo es decisión que una comida deliciosa me cause diarrea.

Si todo fuera tan fácil como los optimistas dicen, y bastara con "decidirte y controlar tu vida", quizás la depresión no existiría y todos seríamos muy felices. Menos mal que no es así, porque no quisiera vivir en un mundo tan aburrido.

Aquí seguiría con un discurso de humanismo vs. estructuralismo, pero es mi destino y he decidido terminar aquí mis ganas de no decir nada, influyendo así en su destino para que decidan si se quedan con la duda o nomás me mientan la madre y entonces no se pueda saber cómo influiría eso en mi destino que es mío pero que de alguna forma ustedes controlarían si decido hacerles caso.

O algo así.

Vivir de a poquito

De mi infancia recuerdo poco. O mejor dicho, sólo recuerdo lo mucho que disfrutaba las historias de mi abuelo. O mejor dicho, el cómo las contaba. Y muchas no eran la gran cosa: se enorgullecía lo mismo de haber viajado alguna vez en primera clase junto al gobernador como de haber sido chofer de taxi.

"Los sueños se viven de a poquito", decía siempre que terminaba de contar cualquier historia. Aparentemente, para él valía más la lección que la experiencia (supuse después).

Sus historias —o mejor dicho, el cómo las contaba— me gustaban tanto que gran parte las llegué a contar como si fuesen mías. Siempre fanfarroneando con que los sueños se viven de a poquito, pero sin entender nada de lo que contaba.

Hice esto durante muchos años sin detenerme a pensar por qué lo decía. Tuvieron que pasar otros muchos más para que por fin intentara buscarle un significado a la frase. Y todo fue porque de pronto se me ocurrió tener un hijo al que se le ocurrió preguntarme por qué los sueños se viven de a poquito. No supe qué contestar, así que me limité a explicar cómo funcionan las tarjetas de crédito —algo que seguro confundió más que ayudar.

Del primer momento en que escuché a mi abuelo terminar sus historias al momento en que, gracias a mi hijo, me detuve a pensar en el significado de semejante frase pasaron más de treinta años. Estando ahora más confundido que antes.

¿Por qué los sueños se viven de a poquito? ¿Por qué no suceden completos y ya? Digo, eso pasa en las películas y no parece tan difícil. ¿Será que soñamos más de la cuenta o que no soñamos suficiente? ¿Y si mi explicación de la tarjeta de crédito no resultara tan estúpida? ¿Es acaso que la vida no alcanza para todos?

Peor aún, ¿por qué nunca se me ocurrió preguntarle al abuelo? La gente no debería morir sin aclarar primero su filosofía de vida. O, en mi caso, no seguir viva siendo tan idiota como para no hacer preguntas a tiempo.

Dudas estúpidas y otras no tanto me atacaron durante años, siempre haciendo que me arrepintiera por no haber preguntado a tiempo.

Vivía atormentado, sí, pero debía seguir viviendo.

Pasó mucho tiempo —concretamente, casi una eternidad— antes de por fin encontrar una respuesta. Y para eso primero tuve que cumplir un sueño de toda la vida.

Y conseguí fama.
Y conseguí dinero.
Y conseguí todo lo que pensé que conseguiría una vez realizado mi gran sueño.
Y después no supe qué hacer.
Y entonces le perdí el sentido a la vida.

Y entonces entendí todo.