Archive for febrero 2015

Anclas

Hay viajeros que empacan para terminar viajando a ningún sitio. O mejor dicho, hacia sí mismos. Llenan sus maletas de esperanza, expectativas y recuerdos, creyendo que el destino será mucho mejor que el punto de partida. Por fortuna, descubren a tiempo que su maleta llena de ilusiones pesa mucho más que la razón y la lógica, que ningún avión lograría despegar con tanto peso encima. Deciden quedarse y evitar una catástrofe que podría esparcir sus restos por el suelo. Es la tragedia del pasaporte negado: el viajero se ciega por la belleza de una tierra prometida, hasta que entiende que uno nunca viaja solo, sino siempre acompañado de lo que quiere dejar atrás.

Llegado el momento de la revelación, el viajero desempaca triste su inservible maleta. Sus ilusiones rotas demuestran ser más costosas que el vuelo más largo del mundo; sin embargo, algún día descubrirá que ha hecho el mejor viaje de su vida.

Máscara

En mi percepción del mundo nada-ideal, vivimos en una sociedad donde las máscaras cada día pesan más. Y, siendo la honestidad un sentimiento tan malvisto, uno elige con cautela cuál es la mejor expresión para ocultar lo anormal de tu estado de ánimo: el rostro para enfrentar la vida sin que ésta note el daño que te causa. Por eso me da por analizar cuánto llanto inconsolable se esconde bajo una carcajada nacida de un chiste que no es tan gracioso, cuánto pesimismo hay detrás del optimista que piensa que todo-pasa-por-algo o cuánta soledad siente una persona adicta al trabajo.

Me da por ver los rostros ajenos y, por inercia, pensar en el propio. Siento entonces la comezón que me produce usar una cara que no es del todo mía, el dolor mental que disimulo fingiendo un dolor de cabeza o una contractura muscular. Y todo apesta. Me ataca el peso de mi máscara, y con él llega el dolor que produce querer desprenderla de tajo; me resulta más fácil soportar la incomodidad que padecer el dolor de quitarla. Y lloro esperando que mis lágrimas sirvan de lubricante para aflojar la cara falsa cuando en realidad son pegamento.

El cinismo termina siendo una realidad. Te has convertido en tu personaje, ése que no demuestra nada sintiendo todo. Practicas tu anulación de personalidad porque aprendiste que sólo ganan quienes controlan su no-expresión. Poker face.

Con el paso del tiempo cuentas tus ganancias y descubres que has vencido los altibajos de la vida. Por fin puedes quitarte la máscara sin dolor porque tu estado de ánimo refleja lo que sientes: éxito. Lo disfrutas y te miras al espejo a la menor provocación.

Sonríes como nunca, pero basta un mínimo descuido para que aparezca la expresión que no sabías que sentías:

A nadie le importas.

Poker face.


Reflejo interior

Son incontables las veces que me miro sin reconocerme. Me paro frente al espejo al salir de la regadera, limpio la capa de vapor que deja el agua caliente sobre el vidrio y me contemplo de pies a cabeza. Me palpo una teta, luego la otra, las tomo con la mano abierta y las dejo caer: siento su peso, pero sé que la del espejo no soy yo. Hago gestos y siento los músculos de mi cara moverse, pero sé que la del espejo no soy yo. Alzo los brazos, me miro las axilas, agito la cabeza y siento mi pelo mojado caer contra mi espalda, pero no me reconozco para nada. Me doy la media vuelta para mirar mis nalgas en el reflejo, pero sigo sin ser yo. Me acerco para mirarme con más detalle, veo mis pestañas y parpadeo al mismo tiempo que la del espejo, pero sé que no soy yo. Me reviso la entrepierna y me desconozco aún más; de no ser porque orino por ahí, diría que tengo un órgano inservible. Mirarme desnuda es un ritual que detesto pero que no puedo evitar hacer día con día, es adictivo.

Por fortuna, después de la ducha, viene mi parte favorita: vestirme y maquillarme. Decidir cómo quiero verme es algo que el espejo no puede arruinar. Y elijo una falda o un vestido o un pantalón y los zapatos o tacones o botines que mejor funcionen y después me seco el pelo y lo peino o lo dejo suelto o lo amarro y después me depilo el bigote y la ceja y me pongo rímel o labial o polvo; el orden no importa, me maquillo. Y cuando tengo todo listo, me doy los últimos toques, me perfumo y procedo a mirarme de nuevo al espejo. Y entonces me reconozco de nuevo. Ésa del espejo sí soy yo, parpadeamos al mismo tiempo y nos vemos igual de hermosas, mucho más que antes. Sí, soy el cliché de la mujer que se transforma con maquillaje. En mi caso, la mona vestida de seda sí se convierte en algo mejor.

Mierda, siempre me olvido lo más importante. Eso que odio más que pararme desnuda frente al espejo: ocultar lo que menos me gusta de mí. Entonces me quito la falda o el vestido o el pantalón y los calzones. Después, me siento en el retrete, abriendo bien las piernas para hacer más fácil el proceso. Entonces me agarro los testículos y los empujo hacia adentro. Es doloroso, pero la belleza cuesta. Una vez vaciado el escroto, jalo el pene hacia atrás y uso la cinta para pegarlo en su sitio.

Vuelvo a mirarme al espejo de pies-a-cabeza y reconozco que mi mayor mentira vuelve mi realidad mucho más llevadera.

Qué importa que la verdad sea cruel. Siempre podrá disfrazarse.