Archive for abril 2015

Bóveda inservible

Conforme pasa la vida, el corazón y la mente reciben golpes tan distintos entre sí, en forma como en intensidad, que terminan fortalecidos por inercia. Se curten, perfeccionan su armadura. Se vuelven guerreros capaces de enfrentar la mayoría de las batallas sin que las piernas tiemblen. Sin embargo, este caparazón emocional llega con una gran desventaja: la insensibilidad. No la del tipo cruel con los sentimientos ajenos sino la inocente, esa que se pierde de todo por no dejarse afectar por nada. Así aparecen personas, momentos o lugares relevantes que terminan arrinconados en la insignificancia de lo desapercibido, dentro de alguna bóveda que no necesita protegerse de nada porque a nadie le importa. Lo mágico pasa de largo. O se deja pasar. Lo material es lo único que vale: tener, poseer y dominar, pero nada de sentir. Y pasa más vida y vienen más golpes y corre más tiempo y lo material se llena de un valor sentimental que nunca debió tener. Mente y corazón terminan creyendo que es normal ser de hojalata, que es normal vivir con los guantes arriba esperando el próximo golpe. Mente y corazón terminan buscando rivales de su mismo peso. Y la vida sigue y todo se convierte en un ring de box y el metal se convierte en el perfume del mundo, pero está bien; nadie percibe nada cualquier forma. 

De pronto, mientras la vida sigue pasando, las batallas se eligen cada vez con más sabiduría. O eso se cree. La realidad es que ya ninguna batalla vale la pena. Se pierde el interés en el entorno y con él las ganas de pertenecer al mismo. Toma todo, o no; me da igual. Suelta un golpe, o no; me da igual. Este cansancio da paso a la relajación por ignorancia (la que nos descuida por idiotas), el momento perfecto para bajar la guardia y descuidar la armadura. Mente y corazón se columpian en su mecedora sin preocuparse por nada y son atacados por lo que tanto ignoraban: el sentir. La tragedia es que no sienten nada más que un vacío infinito. Es la nada soltando un golpe más fuerte que cualquier otro. La soledad convertida en tristeza y la tristeza convertida en un obstáculo a las ganas de alzar la guardia o vestir cualquier armadura. Ya con la batalla perdida, una vez más se ponen de pie. Y prometen no volver a descuidarse. Y se lo creen. 

Han aprendido a sobrevivir a la tristeza. Pero la tristeza es inmortal.

Anestesia

Llegaste. Estás muy nervioso. Dudas si tocar el timbre o no. ¿Y si sale mal? ¿Y si no te gusta? Además, seguro cobra caro. Deberías irte y volver luego, buscar otra opción. Mejor no, ahora es cuando. Te armas de valor. Ding-dong. La puerta se abre. Avanzas por un pasillo tenebroso con tu ansiedad en aumento. Estás a punto de arrepentirte, pero ya no hay marcha atrás. Llegas a ella, es más bonita de lo que imaginabas. Te pide que pases, que te pongas cómodo mientras prepara todo. Nota el pánico en tu rostro y se ríe un poco. “Todo va a estar bien. Relájate”, dice con la sonrisa confiable de quien sabe lo que hace. Estás sudando. Respiras para calmar la ansiedad, pero no funciona. No es tu primera vez, aunque te comportas como si lo fuera. ¿Y si te vas? Demasiado tarde, no puedes quedar como un cobarde. Ya qué.

Te pasa a uno de los cuartos en el lugar y te pide, otra vez, que te pongas cómodo. Lo intentas. Comienza a hacer lo suyo, preguntándote a cada minuto si te sientes bien, si no necesitas nada, si puede hacer algo para que dejes de preocuparte. “Estás muy tenso, cálmate”, dice una y otra vez. Quisieras decirle que se calle, pero no puedes hablar; es parte de la transacción. Malditasea la hora en que decidiste venir. “¿Esto molesta?”, pregunta. “No”, respondes con la cabeza. “Sigamos entonces”. Ya qué.

El tiempo transcurre y su mirada, por alguna extraña razón, te transmite la calma que no lograbas encontrar. “Qué bueno que te animaste a venir”, dice. Alzas los hombros en resignación. Entonces comienza a contarte su vida y tú finges escucharla. Después de todo, no espera que le respondas. Te pide que respires antes de continuar. No sabes lo que hace, pero ella sí. Y lo domina a la perfección. “¿Ya te cansaste?”. “No”. “¿Seguimos?”. “Sí”. Ya qué.

Tras una hora que se sintió como mil horas, donde su única preocupación fue hacerte sentir cómodo, pregunta cuándo volverás. “¿En dos semanas?”, dices ahora que ya puedes hablar. “Preferiría antes; te agendaré para la próxima semana”. No esperabas que las cosas fueran tan rápido, pero aceptas. Ya qué.

Al final se burla del terror que parecías sentir cuando llegaste. Ríes de lo ridículo que fuiste y te despides con ganas de volverla a ver. Nunca pensaste que una visita al dentista tuviera tan buenos resultados.